Parar la olla

Es una vuelta al pasado, con encuentros de trueque, ollas que no alcanzan para todos, empleos desaparecidos, rebusques y planes sociales en constante recorte. Relatos de un Centro Comunitario que es apenas un ejemplo.

Adriana Villoldo llega al Centro de Integración Comunitaria en colectivo, como todos los martes y jueves, a las tres de la tarde. Es la responsable del comedor y con otras cuatro mujeres comienza a preparar mondongo y pollo al tuco. Y espera que le alcance, porque “el jueves pasado hubo veinte personas que quedaron sin comer, no nos alcanzó. Se tuvieron que volver sin nada”. Algunos hombres acomodan mesas y sillas.  A las cuatro y media, la gente empezará a hacer cola. Sirven la comida temprano, a las cinco y media de la tarde, porque piensan que muchos llegan sin haber almorzado.

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En el conurbano las ollas populares y el trueque vuelven a ser recursos para poder comer. La recesión y la suba de los precios de los alimentos aumentaron drásticamente la demanda en  las zonas más pobres. Los comedores se sobrecargan. Los vecinos -en su mayoría, mujeres- completan con donaciones o colectas lo que consiguen del Estado, que no alcanza porque la necesidad va más rápido que la institución. Otro mecanismo de supervivencia que se extiende es el trueque: el cambio de ropa u objetos de la casa por mercaderías.

Villoldo lleva el pelo corto y rubio, los ojos delineados y repasados con rimmel. Debió haber sido  muy joven cuando en 1989 tuvo el primer comedor, en su casa. A éste lo sostiene la municipalidad, aunque sólo en parte. La intendencia  pone los alimentos secos y facilita el lugar, el edificio de un Centro de Integración Comunitario. Ella está en representación del municipio, hay otro compañero que también, pero el resto de los que hacen funcionar el comedor no. “Son vecinos”. Consiguen la carne y la verdura por su cuenta.

¿Son militantes? Contesta que sí. “Peronistas”, pero se corrige: “justicialistas”. Consulta a los demás y la mayoría coincide.

Venían con un cupo para cincuenta personas, pero ahora están recibiendo más de cien. Ese salto escaló en los últimos dos meses. Villoldo dice que están sobrepasados.

“Cocinábamos sólo para los niños, pero después empezaron a venir las mamás con los hijos más grandes. Vimos cómo iban dejando la vergüenza de lado, los adolescentes, para sentarse a comer”. Últimamente, también los hombres les piden un plato de comida o llevarse una vianda. Nadie puede impedirles que entren y se sumen a la cola, pero quedan últimos en el orden de prioridad. Así, la semana pasada, para veinte no alcanzó.

“Le pedí a Desarrollo Social que todo lo que no quisieran en otros lugares me lo manden, lo acoplen a lo mío, porque la gente quiere algo para el fin de semana. Me pidieron la documentación encarpetada… hay que juntarla y no todos son de José C. Paz porque nos está llegando gente desde Moreno”.

El comedor es uno de los muchos que pueden encontrarse, en estos días, en el oeste del conurbano. Está en un barrio que todos nombran como “Las Casitas” y es parte de un complejo levantado por cooperativas de autoconstrucción. Lo inauguró Néstor Kirchner en 2009. En el registro catastral figura  como Saavedra Lamas: terrenos bien loteados, viviendas amplias, de techo de tejas y calles asfaltadas. Chalecitos bien levantados.

Desde afuera la pobreza no se ve, no carcomió revoques ni subdividió terrenos, desdibujando la urbanización hasta convertirla en asentamiento. Tampoco se llevó las baldosas de las veredas. Pero  está carcomiendo  las casitas desde adentro.

Distribuidos en cuatro grandes urbanizaciones, acá viven 6000 familias. Recostada sobre el barrio hay otra zona más antigua,  de calles de tierra  que se caminan hundiéndose en el fango. En estas cuadras, un basural a cielo abierto contamina la tierra y en primavera llena de pústulas a los niños. La fuente de trabajo más extendida es la albañilería, ahora parada. Hay jardineros de countries, la mayoría de las mujeres limpian por hora, son comunes los vendedores ambulantes. Un tipo de vendedor propio de José C. Paz es el que ofrece  paelleras de aluminio. Hombres que a las seis de la mañana toman el tren San Martín con veinte o treinta paelleras bajo el brazo, viajan hasta cualquier otro barrio y empiezan a caminar casa por casa. En busca de nuevos mercados, llegan hasta el conurbano sur –Florencio Varela, Lanús– haciendo escala en Constitución, en jornadas de trabajo que se extienden hasta las diez de la noche. Cualquier que pase por plaza Constitución entre las 22 y las 23, los podrá ver volviendo a casa.

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En los hogares, parte de los ingresos familiares provienen de planes sociales o de la Asignación Universal por Hijo. Así,  este conjunto de la población es afectada por la crisis. “Las mujeres al mediodía mayormente no comemos”, contará el mismo día, en el comedor del Centro Comunitario Belén, Lilia Coria. Dos vecinas que la acompañan lo confirman. “Cocinamos una vez al día y cenamos a la noche, cuando está toda la familia.  Si tenemos un lugar donde traer a los chicos a comer al mediodía, estamos tranquilas”.

Al resto del día lo van llevando con mate bien dulce y pan. ¿Desde cuándo? No hace mucho, desde hace dos o tres meses.

Mientras las mujeres cocinan, en el salón contiguo se realiza un encuentro de trueque. Es un grupo reciente, que va por la segunda reunión. También lo coordina un trabajador de la secretaría de Planificación municipal.

“Teníamos un grupo de whatsapp para repartir una copa de leche que manda la provincia”, explica Enrique Baigorria. “Ahí surgió la idea, que vimos en una nota, porque esto ya se está haciendo en otros lados, la diferencia sería que nosotros lo empezamos a hacer bajo techo. Lamentablemente, es administrar la pobreza, pero es un recurso más: da una salida a la persona que está en su casa y no tiene como resolver la situación económica”.

Las integrantes del grupo virtual arreglan por la red qué van a intercambiar el día del encuentro. Una moderadora fija el valor de cada cosa, tomando como medida una unidad llamada Producto. Un paquete de yerba puede valer 2P, una remera en buen estado 3P. Cada encuentro dura una hora y media. Al final se sortean algunas mercaderías. Si la juntada fue bien, las truequeadoras donan alguna mercadería para el mondongo. Las cocineras lo agradecen. Se sienten personalmente responsables de conseguir más comida, y en estos días están pensando en juntar firmas para salir a pedir en las empresas de la zona.

Fuente: Semanario Nuestra Gente

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