Migrar y comer en tiempos de crisis

La Asamblea de Migrantes de la Federación de Organizaciones de Base es un espacio que nuclea a personas organizadas en Los Artesanos, El Alto, Los Chapones, Hogar III, Pueyrredón y Villa Libertador, en la provincia de Córdoba.

Ají, albahaca, orégano, limón, yerba buena y cilantro, es parte del listado de plantaciones que existen en algunos de los patios de las mujeres migrantes de barrio Los Artesanos: “Tratamos de combinar las cosas. Por ejemplo, ella es de Bolivia, nosotras somos de Perú. Tenemos diferentes costumbres, incluso cosas de la comida”, dice Mili y sonríe. Las formas de cocinar son distintas entre una mujer y otra, pero nos cuentan que esto no es un problema, sino un potencial aprendizaje: fueron haciendo acuerdos y combinando recetas.

A lo largo de estos años, no sólo han aprendido a combinar y enriquecer las comidas, sino, también, a organizarse: saben del gustito que le da lo colectivo a sus cotidianos. Saben del picante que le pone la calle a la lucha por los derechos. Saben lo que es migrar de un país a otro y enfrentar el racismo, la discriminación, el avasallamiento.

La Asamblea de Migrantes de la Federación de Organizaciones de Base es un espacio donde confluyen personas oriundas, en su mayoría, de los países limítrofes: “Entendimos que es mejor buscarnos entre nosotras la lucha, para ser reconocidas, caminar y demostrar que nosotras sí valemos. Entre todas, defendemos nuestros derechos”, dice Liz mientras apoya sus manos en la panza. Le pregunto para cuándo tiene fecha y me cuenta que para dentro de unas poquitas semanas. Que se cansa, pero que nada puede hacer encerrada en su casa. Prefiere moverse y cocinar para las niñas y niños que están a punto de llegar al comedor.

vuelta al pasado

 

Merenderos y comedores sin patrones, sin políticos, sin punteros, sin iglesias, son las palabras que están impresas en el cartel de “Aqualuna”, el espacio que brinda alimento a niñxs, adultos mayores y mujeres embarazadas en barrio Los Artesanos.

Una bandera boliviana flamea en la casa donde funciona el comedor y merendero popular  localizado en la zona sudeste de la capital provincial. Entramos al barrio Los Artesanos por la calle asfaltada que conduce a la planta de camiones de IVECO.  Las calles de tierra, las construcciones  indican que el barrio que tiene más de diez años.

Desde el año pasado a este, el merendero y comedor abre tres veces por semana para alimentar al cuádruple de los niñas y niños que asistían el año pasado: con rigurosa puntualidad Las mujeres que allí trabajan tuvieron que pasar de cocinar 32 menús diarios a 115 actualmente . Desmenuzan pollo, mientras otras se encargan de cuidar el calor de las ollas y de revolver el arroz. Janet está con una palangana gigante, rompiendo galletitas en la leche, pisando y haciendo un menjunje.

Hay una wipala en el fondo, que destaca entre las paredes del comedor y niñxs corriendo y jugando en la vereda. Las cofias de las compañeras las embellecen en sus trabajos. Son rojas y negras, como los colores de la organización a la que pertenecen. La cocina no se detiene. Lxs niñxs llegan a las seis de la tarde y hay que tener todo listo. Y tiene que estar rico.

Betty, la más antigua, relata: “Estoy desde 2005 en la  FOB, en Casa Caracol. Empezamos con dos o tres personas. Organizamos copas de leche, tenemos como cuatro, en El Alto, Los Chapones, Los Artesanos y otra está en Las Malvinas”. Su deseo, dice,  es que la organización siga creciendo. Hace años, comprendió y trata de transmitir que, “sin organización, estamos jodidas”.

Cecilia, a su vez,  cuenta que hace unos años era parte de la FOB, que salió y después volvió. Alicia añade que hace lo que hace por el bien de las niñas y los niños del barrio. Mili empezó hace un tiempo a hacer las gestiones en el Banco de Alimentos y coordina el comedor. Liz bromea con que, cuando cocinan con Rosa, le ponen brujerías para que la comida salga rica. A Rosario le dicen Charo y se presenta como nueva en la organización y en el comedor, y aclara que, antes de ser parte de la FOB,  venía con su hija a retirar la comida, pero hoy colabora para que otros niños se alimenten.

Nelly declara que está en la FOB desde hace seis años. Participaba de la asamblea en barrio Pueyrredón y luego comenzó a asistir a las asambleas en Casa Caracol para conversar y hallar soluciones a los múltiples problemas que afronta junto a tantas otras por ser migrante. Si bien hay algunos compañeros varones, dice, en general, son mujeres que, en su encuentro con otras, fueron expresándose y animándose a hablar.

Josefina está en Argentina desde hace diez años y llegó desde Perú. También dice que se acercó a la organización de la FOB por necesidad: “Llegué a Casa Caracol, pero sentía vergüenza porque no me desenvolvía, porque no podía decir nada. Y me tenía que agachar nomás.  Hace como tres años que participo en la FOB y aprendí que uno mismo debe valerse. No conocía cuáles eran los derechos de la mujer, siempre se decía  que tenía que mandar el hombre, todo eso. Pero ahora, también tengo derecho, el hombre tiene que hacer por igual en la casa”. Junto a otras compañeras, brindan talleres de tejidos: hacen bufandas, medias, camperas, adornos para la heladera.

Eva hace nueve años que vive en Los Artesanos. Su casa fue una de las diez primeras que se construyeron: “Empezamos de abajo,  las casas primero eran ranchitos de madera. Luego, vinieron los de un  techo, me hicieron la casita de 3 x 6. Todavía me falta terminarla. Me gusta el barrio”. Cuenta cómo fue que decidió sumarse a la organización: “Hacía cuatro años que me invitaba una prima, pero yo no me acercaba. Y después llegué, como dicen, por la necesidad. Tuve al bebé, ya no podía trabajar. Él nació el 10 de febrero y, el 23  de febrero, ingresé a las FOB”.

“Migrar no es delito”, es una de las frases contundentes que las mujeres migrantes organizadas supieron alzar como bandera de la lucha por sus derechos. La xenofobia, el racismo y la criminalización de la migración son otros de los motivos por los cuales también comenzaron a juntarse estas mujeres,  a lo que se suma la intención de mantener y reinventar las costumbres, las fiestas populares que se celebran en los territorios de donde vienen. Así lo señala Nelly cuando se le pregunta acerca de lo que implicó para ella quedarse a vivir en la Argentina: “Nosotros, en primer lugar, vinimos con mi esposo, dejamos a los dos hijos que son nacidos en Bolivia y después los trajimos acá y nos gustó . Estamos aquí desde hace 11 años”. Nelly fue parte de la formación del barrio de El Alto y construyó su casa poco a poco, con la colaboración de sus vecinas.

Milagros es la encargada, la que coordina que todo esté a la hora que debe estar. Por supuesto,  la responsabilidad es colectiva y cada mujer la asume con constancia y vehemencia: “Tenemos, aproximadamente, sesenta madres que, de a poco, se van sumando para desarrollar el tema de la solidaridad porque no todas están comprometidas. Entonces, a medida que vamos demostrándole que podemos brindarle otras cosas a los chicos, les gusta”.

La mayoría de las mujeres que sostienen el comedor “Aqualuna” son migrantes. Cocinan e intercambian recetas y formas de hacer las cosas: “Hay varias mamás que vienen a sumarse. Hacen las donas y nosotras le damos puño, como se dice, a la comida”, relata Milagros. Afirma que vienen de “esas costumbres”, vinculadas a comidas comunitarias para muchos. Estamos acostumbradas a comer bien,  dice: “Acá la mayor crítica viene de los chicos,  ellos dicen si está rico”.

Los menús son variados: ají de pollo, caldo, sopas, guiso de fideos, con albóndigas, con carne, comidas combinadas con distintas menestras (porotos, lentejas, garbanzos). También hacen diferentes tipos de panes, tortillas y, algunas veces, hasta pasta frola;  Todo lo elaboramos nosotras, tratamos de no comprar nada”, dice Lizbet. Desde hace dos años, ella es parte de las FOB, asiste a las reuniones, las marchas, las asambleas.

Un barrio digno

La organización de la FOB,  cuentan las mujeres cocineras, también contribuyó a resolver problemas vinculados a la documentación de quienes deciden migrar. Lograron obtener la residencia precaria y que Migraciones fuera hasta el barrio a realizar certificaciones.

Las vecinas cuentan también que desarrollaron, hace algunos años, las guardias barriales, organizadas por día, para cuidarse entre todas. Las llaman batidas: “Eran guardias nocturnas. Había mucho robo y así redujimos un poco la inseguridad”,

Pero allí no se acaban los problemas: ante un Estado ausente, las vecinas de Los Artesanos intentan resolver de manera comunitaria los obstáculos para una vida digna. Exigen al Estado que provea de luz y el agua potable, que haya una escuela y un centro de salud para quienes allí habitan. Los jóvenes que asisten a clases deben cruzar la circunvalación, lo que se ha convertido en un peligro para muchos y en un reclamo para el gobierno: “El colegio está del otro lado. Queremos tener más seguridad con los chicos, ha habido accidentes  y, por eso, reclamamos que hagan una pasarela para cruzar la circunvalación”,  dice Janet.

En el barrio, viven alrededor de 1500 personas con falta de agua: “Reservamos en tanques grandes. Ahora tenemos una canilla que conectaron, pero a veces no hay agua en todo el día”. En el comedor, también dan apoyo escolar, a menudo apenas alumbradas por una vela o un celular,  porque la luz se corta.

Ahora, las cosas se hicieron un poco menos cuesta arriba gracias a la organización: “Tenemos el apoyo de la FOB. Desde el año pasado, conseguimos la harina, la leche, éramos 32, ahora son 115 niños. Tenemos 10 adultos mayores y embarazadas también. Atendemos los  lunes, miércoles y viernes, y tratamos, en lo posible, de no fallar, porque fallar, dice Janet,  “Fallar” significa que haya niños que ese día no van a comer.

Texto: Débora Cerutti para La tinta. Fotos: Colectivo Manifiesto.

 

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