La mala educación

Es hora de acabar con la meritocracia educativa que pretende imponer evaluaciones funcionales a los mercados.

meritocracia

Los análisis catastrofistas sobre la decadencia del sistema educativo son un lugar común no solo en América Latina sino también en los países del sur de Europa. Uno de los elementos que se consideran significativos para establecer el diagnóstico es el llamado informe PISA, elaborado por la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), una  nave insignia de las políticas neoliberales en todo el mundo. Su función, en el ámbito de la enseñanza es imponer los discursos y prácticas que faciliten la conversión de la educación en un negocio más. Para ello se valen de conceptos tales como estándares, calidad, excelencia, liderazgo, entre otras que alientan la competencia y la inequidad en detrimento de la igualdad de oportunidades.

Según la experta española María Ángeles Llorente Cortés, “el avance científico-tecnológico y comunicativo, la globalización de capitales y mercados, han hecho que cambien las necesidades del mercado de trabajo. La OCDE opina que dos décimas partes de la población activa serían suficientes para  mantener la economía mundial. Con unos pocos cuadros bien formados en sus centros de elite y una mayoría poco cualificada, mal pagada, carente de derechos, sumisa y resignada, satisfacen sus ansias de enriquecimiento sin límites. No les preocupa el pleno empleo ni el reparto del trabajo y de la riqueza, ni la educación como derecho inalienable, como factor de autorrealización personal y colectiva. Desde el comienzo, jugando con el lenguaje y falseándolo, a base de medias verdades, con el apoyo casi unánime de los gobiernos que implantan esta política y de los grandes medios de comunicación, tratan de confundir a una ciudadanía desinformada que no conoce ni los objetivos, ni los medios, ni los fines de estas pruebas”.

El propio concepto de “fracaso escolar”, habida cuenta de que no existe un punto de partida común a los incluidos y excluidos, lleva a la segregación y los sistemas escolares no mejoran multiplicando la cantidad de exámenes, porque éxito y fracaso no son términos propios del mundo educativo, sino de la tecnocracia. Por otra parte,  el proceso pedagógico no es neutral, siempre está vinculado con valores éticos y políticos, lo que para quienes apuntan a impulsar transformaciones sociales supone analizar los contextos y las dificultades con el  objetivo de generar mecanismos que no sujeten a los alumnos a un régimen de premios y castigos, sino que permitan el desarrollo de todas sus potencialidades, jerarquicen efectivamente a maestros y profesores con la adecuada capacitación e integren a los padres en equipos interdisciplinarios y comunitarios, involucrándolos efectivamente en la educación de sus hijos.

Daniel Vilá

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