“No dejen que mis hijas se olviden de mí”  

El testimonio de Ana María Montoto Raverta sobre el secuestro, la tortura y la desaparición de su madre en Lima, como resultado de un operativo coordinado por militares argentinos y peruanos.

 En la cuarta audiencia del juicio por la represión a la llamada contraofensiva de Montoneros en los años 1979 y 1980, iniciado en marzo pasado y actualmente en curso, la pediatra Ana María Montoto Raverta hizo un relato estremecedor sobre el secuestro, la tortura y la desaparición de su madre, la militante montonera María Inés Raverta, conocida en la organización como Juliana.

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Su declaración en la causa resume una paciente labor de reconstrucción, en la que confluyeron el testimonio de algunos protagonistas de aquellos hechos y la investigación del periodista peruano Carlos Uceda, que les dedicó un capítulo de su libro “Muerte en el Pentagonito”.

El texto que se ofrece aquí es una síntesis de la crónica publicada por el equipo de “La Retaguardia” y recupera el relato en primera persona, con las aclaraciones imprescindibles para entender su significado.

Una frase que la define

“Hay una frase que me gusta muchísimo, que me dijo una vez Alicia, una amiga de ella, que para mí la define. Me dijo: ‘Tu mamá no te daba lo que le sobraba, te daba lo que tenía’, y siempre me quedó grabada esa frase desde el momento en que me la dijo, porque justamente creo que es coherente y engloba todas estas cualidades que les fui contando de ella, porque dio su vida por lo que pensaba, lo que creía, por nosotras, sus hijas, sus compañeros, los que ya no estaban, los que seguían luchando”.

La guardería

“Esto es una carta que les manda a sus compañeros de la guardería en donde estábamos nosotras, sus hijas, y otros hijos de compañeros que estaban en la Contraofensiva. Estábamos al cuidado de compañeros militantes que también estaban formando parte, yo después les voy a contar bien. La carta dice así. Esto me emociona, así que ténganme paciencia”: ¿Cómo están? Qué banda! Dios Mío! Parece mentira! Vos Estela, Cómo se alargaron los dos meses! Cuánto me alegro! Ya sé que estás trabajando muy bien y que recibís noticias de tu compañero. ¿Cómo se comportan mis hijas? ¿te dan mucho trabajo? ¿Y vos loca de mierda? (léase Nora) ¿Qué haces cuidando chicos? Me dijeron que estás hecha una profesional. Y que la vestís a Anina con puntillas y moños. Cuando me dijeron que estabas allí no podía creerlo, te imaginaba en cualquier lugar, incluso en Zimbawe pero menos allí. Me alegré mucho realmente. ¿Te sentís realizada? ¿Se te aclararon las ideas en cuanto a la canalla reformista? ¿Viste cómo terminaron? Y vos chantún (léase mi tocayo Julián) ¿Qué andás haciendo? Ya sé que como tía Porota sos un avión. Que no te de vergüenza, tendrías que estar orgulloso, no te parece? Me alegro mucho que los tres estén allí. Me siento muy tranquila de que las nenas estén cuidadas por tres locos (¿??) como ustedes. Gracias. Pero tenía ganas de decírselos. Espero que no falte mucho para verlos y si pueden, escríbanme, que por alguna vía insólita quizás me llegue. Cuéntenme de las nenas y de ustedes. No dejen que mis hijas se olviden de mí. Léanle mis cartas y muéstrenle mis fotos. Yo sé que lo deben hacer pero igual se los pido, porque las extraño mucho. Bueno, no quiero ponerme sentimental, así que la corto. Un fuerte (o mejor dicho tres) abrazos montoneros.

Hasta pronto.

Juliana

El botín y la extorsión

“Ustedes piensen que ya estamos en ‘79/’80, que ya se sabía cómo trabajaban los militares argentinos ante la situación de los niños, de los hijos de los compañeros. Ya se sabía que había robo de bebés, que los hacían nacer en cautiverio, se robaban los chicos y los entregaban a sus propios militares. Ya los tomaban bajo tortura para torturar a sus padres, los tenían de rehenes. Entonces, llegada la estrategia de resistencia llamada Contraofensiva, deciden armar un lugar para resguardar nuestro bienestar. Les pareció que la mejor manera era al cuidado de sus propios compañeros que formaban parte, que eran militantes. Su rol en la Contraofensiva era cuidarnos a nosotros. Ahí es que con Fer [su hermana, la diputada nacional Fernanda Raverta, presente en la audiencia] vamos al principio. Mi mamá junto con Estela nos lleva a la guardería a principio del ‘80 aproximadamente. Ahí compartimos con todos estos niñitos. Yo no tengo recuerdos de la guardería en sí, tengo flashes. Pero esa fue la última vez que vi a mamá, cuando nos dejó en la guardería. Es el día de hoy que sigo compartiendo una amistad muy fuerte con este grupo. Nos unió la decisión de nuestros viejos. Incluso me están acompañando ahora varios de ellos”.

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La reconstrucción

“Estaba esperando porque me habían avisado que venía una ambulancia de otro hospital a trasladar un pacientito. Viene una enfermera, la verdad es que en el medio hospitalario no sabían que yo era hija de desaparecidos. Viene con un libro, no me olvido más…

—Vos sos Raverta, no?

—Sí.

—¿Te puedo mostrar algo?

—Sí.

—Mi marido es del Perú y tiene este libro y ahí hablan de tu mamá.

Abro el libro, que estaba como marcado por la misma lectura. Lo tengo al libro, me lo quedé. Abro y lo primero que veo es una foto que tiene, que es como lo más traumático que le puede pasar a una… y más a las tres de la mañana. Son unas fotos en las que está mi mamá secuestrada allá. Está Noemí [Gianetti de Molfino] y está Julio César Ramírez. Vi esas fotos esa vez y nunca más. Están al final del capítulo, así que no necesito llegar hasta ahí. Inclusive cuando armé la investigación de la causa, nunca más las vi porque fue muy traumático. Varias noches después no me podía dormir porque fue muy impactante. Si bien son fotocopias, las tengo impresas en el cerebro e incluso después está mi mamá esposada, con una pollera. Está Noemí con cara de muy cansada. En los tres se nota que después del secuestro…, yo todavía no había leído el libro… lo cerré inmediatamente, porque fue muy impactante. Me tomé un tiempo para leerlo, en su momento no lo podía leer y después en unas vacaciones que no tenía que trabajar, lo leí. Fue durísimo, es un libro muy fuerte. El capítulo se llama ‘El secuestro de los Montoneros’”

El secuestro

“Si bien [uno de los altos oficiales peruanos de inteligencia, Arnaldo] Alvarado no presenció lo que pasó esa noche con Federico Frías, por el aspecto del día siguiente pudo deducir que fue brutalmente torturado y ahí es en donde da la verdadera cita del 12 de junio. Ese día, a horas de la tarde, no tengo con precisión bien el horario, mi mamá se hace presente a esta cita que se había organizado como con un mes de anticipación, según lo que me contó Perdía. Se armó un amplio operativo, habían cortado el tránsito de las calles aledañas. Estaban los militares argentinos disfrazados de policías de tránsito, de ambulantes callejeros, artistas callejeros, un amplio despliegue. Mi mamá tenía que acercarse a su cita con una revista debajo del brazo, no recuerdo bien eso, pero tenía que estar Frías y ella hacerle una pregunta”.

(Según “Muerte en El Pentagonito”, el diálogo se produce y es escuchado a través del micrófono que le habían colocado a Frías, que había sido secuestrado en Buenos Aires y fue trasladado a Perú para ser utilizado como anzuelo)

“En ese momento, uno que estaba disfrazado de homosexual, que es un militar argentino, da la orden de intervenir y ahí Alvarado es el que la agarra de la cintura a mi mamá y Caballo Díaz —otro militar peruano— la agarra de los pies. Otros dos colaboran agarrándola de los pies y llevándola a una camioneta que tenían preparada a la vuelta de la Iglesia de Miraflores. En esa camioneta había seis militares, cuatro peruanos y dos argentinos. Entre ellos estaba el disfrazado de homosexual y Lito [un oficial de inteligencia, cuyo nombre aún se desconoce]”.

Las torturas

“Esto lo leí una vez y no necesité volver a leerlo porque la verdad es que como hija no quisiera saber. Pero me parece que es importante para poder sacarme estas imágenes o por lo menos saber que sirvieron de algo haberlas leído. Alvarado cuenta que la desnudan y la ponen en una cama, la atan, que había ocho militares, entre ellos estaba Lito y el coronel Martínez Garay. Había un capitán médico que, fue un detalle que me quedó en el cerebro, no sé si por ser pediatra. Siempre me impresionó tener en la escena a un médico porque uno siempre en su profesión está constantemente tratando de evitar el dolor o reducirlo lo más que puede, y pensar que ahí había una persona que estaba para perpetrarlo, es como que ese momento me quedó grabado; cómo lo describió, que dice que tenía una chaqueta de combate con una bolsa con jeringas y fármacos y que en una mano tenía un teléfono de combate, creo que decía, que tenía una perilla de voltaje con cables pelados, algo así lo describe. Lo leí hace mucho tiempo. Dice que Lito, el mastodonte, empieza a torturarla a mamá poniéndole los cables primero en la vagina, la picana eléctrica en la vagina. Al pasar el tiempo que mi mamá no hablaba, continuó con ponérselos en la nariz y en la boca; y como pasaba el tiempo y se iba enfureciendo todavía más, según lo que cuenta Alvarado, se lo puso en los oídos”.

(Se produce un silencio sombrío, sólo interrumpido por el llanto de una hija que relata la sesión de tortura de su madre. El defensor oficial sugiere la posibilidad de que se pida un cuarto intermedio, pero Ana María está decidida a continuar).

“En ese momento le hacen sangrar los oídos y pierde la conciencia. Algo que me quedó muy grabado es que en lo que cuenta el suboficial Alvarado, es que en un momento él interviene para interrumpir las torturas por lo impresionado que estaba por cómo se manejaban los militares argentinos al momento del interrogatorio. Y el coronel de mediana estatura, como lo describe él, el canoso, compacto, lo saca de la cabaña y le dice amistosamente que se notaba que era buena persona, que era normal que le afectara y le empieza a hablar de los militantes argentinos y le empieza a hacer el acoso psicológico que acostumbran. Alvarado en el libro relata en varias oportunidades la empatía que tenía con los militantes montoneros, como que le generaba una cierta contradicción la información que le daban los militares argentinos con lo que él enfrentaba al momento de ver a los secuestrados. Lo hacen entrar otra vez a Alvarado a la cabaña. La reaniman a mi mamá tirándole un balde de agua fría y ahí hacen pasar a Federico Frías a la cabaña donde estaba mi mamá. Alvarado no puede escuchar qué hablan entre mi mamá y Federico; dicen que los rodean a los dos secuestrados los militares que estaban en la cabaña y después de esa conversación que tienen, mi mamá dice que va a hablar. Y esa noche, la última vez que Alvarado ve a mi mamá, es cuando la suben a un auto y salen varios autos para el mismo lado”.

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