Todos los fuegos, el fuego

Hace 50 años, un relámpago cuya luminosidad  no se ha extinguido atravesó la ciudad de Córdoba y condensó en unas pocas horas toda la energía acumulada durante décadas. Trabajadores, estudiantes, vecinos, amas de casa, se apropiaron de las calles y avenidas, erigieron barricadas, destruyeron efectiva y simbólicamente todo aquello que representaba opresión e injusticia y reivindicaron la solidaridad, en abierto desafío a una torpe dictadura militar que buscaba instaurar un régimen corporativo bendecido por el atavismo religioso.

La perplejidad se apoderó de los comunicadores del sistema –quienes hasta entonces aseguraban que el onganiato había llegado para quedarse- y también de la dirigencia política tradicional ajena a la crispación social  y sumida en sus cavilaciones. Sin embargo, sutiles señales anunciaban que algo nuevo estaba sucediendo.

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Es que la clase obrera cordobesa exhibía una peculiar identidad, Los enfrentamientos de la cúpula sindical local con las autoridades nacionales, que habían comenzado a manifestarse a partir de la década del 60, fueron generando actitudes autonómicas expresadas a través de prácticas internas más democráticas que fomentaron el crecimiento del activismo, en tanto las características de la predominante industria automotriz –el 75% de los establecimientos fabriles estaba directa o indirectamente ligado con esta actividad- determinaron que las propias patronales impulsaran la negociación descentralizada , método que terminó por modelar  una conciencia combativa de los trabajadores del sector a la que tuvo que someterse la propia burocracia.

A ello debe sumársele que otro de los gremios al que le cupo una participación decisiva en los acontecimientos, Luz y Fuerza, estaba conducido  desde 1957 por una aguerrida corriente sindical de heterogénea composición, liderada por Agustín Tosco.

Por su parte, los conductores de microómnibus , que se habían convertido en copropietarios de las unidades, a partir de la disolución del ente de transporte urbano en 1962, habían retomado su condición de asalariados cuando el proceso de concentración monopólico del transporte destruyó las cooperativas en las que estaban organizados. Su papel resultaría crucial en los sucesos, ya que Córdoba no cuenta con subterráneos ni trenes suburbanos.

Si bien es cierto que la supresión del sábado inglés y las quitas zonales obraron como detonantes de la movilización, las reivindicaciones sectoriales fueron apenas una pieza más del complejo engranaje que puso en marcha el odio antidictatorial y el protagonismo popular.

En cuanto a los estudiantes –un tercio de ellos trabajaba en las fábricas metalmecánicas- la influencia del tercermundismo promovió una acelerada politización entre los militantes del integralismo católico. Simultáneamente, el guevarismo  y el auge de las luchas anticolonialistas y antimperialistas incidieron decisivamente en los agitados debates que involucraban a los que activaban en las tradicionales organizaciones reformistas. La multitudinaria reacción ante el asesinato de Santiago Pampillón, en septiembre de 1966, y la posterior ocupación del barrio Clínicas, permitían prever que el polvorín terminaría por estallar.

Como en el Mayo francés, los grupúsculos  se multiplicaron, pero al contrario de lo que sucedió en París, los estudiantes cordobeses no pretendían asumir la representatividad de la clase obrera.  Lejos de cualquier actitud paternalista, se consideraban un afluente más del movimiento popular.

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Por último, los sectores medios estaban siendo agredidos por una política económica que atentaba contra su propia existencia –a principios de 1969, por ejemplo, habían sido víctimas de un brutal incremento en los impuestos sobre los inmuebles- y no ocultaban su hartazgo por la censura, la moralina y la prepotencia cuartelera. Su masiva presencia en las calles alteró sustancialmente la correlación de fuerzas a favor de la insurrección popular,

El proyecto político que sustentaba la rebelión no tenía contornos definidos, pero amalgamaba ideas, intuiciones, confianza en las propias fuerzas y una certeza que conserva plena vigencia y que Tosco, el mentor del “Cordobazo” expuso con notable precisión: “La derecha, el fascismo , en todas las instancias históricas que la ha tocado protagonizar ha ido hasta los extremos, si alguna vez ha parado el país para ‘dialogar’ ha sido solo para fortalecerse y atacar con más ímpetu y más saña. En la Argentina sufriremos las consecuencias si no somos capaces de ponerle freno. Y hay tiempo todavía, sobre la base de la movilización y la lucha de los sectores populares. Quien crea en las medias tintas, que sepa que la del fascismo es muy espesa y nadie se puede mezclar con ella. Hay que enfrentarlo y derrotarlo”.

Daniel Vilá  

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