El ejemplo del Gringo

 Cuentan que  a fines de diciembre de 1971, mientras recogía algunos libros, cartas y ropas para abandonar su celda de Villa Devoto, Raimundo Ongaro descubrió de pronto un interrogante en los ojos de Agustín Tosco, su compañero de cautiverio. “Te dejan por cordobés, hermano”, le explicó el dirigente gráfico.

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La respuesta a esa tácita pregunta no pudo ser más precisa porque es imposible recordar a Agustín José Tosco sin evocar las circunstancias concretas de una Córdoba social y políticamente convulsionada, situada posiciones de avanzada dentro del concierto nacional y arrastrada por la dinámica de un movimiento obrero joven, muy politizado y escasamente marcado en relación a otros lugares por la experiencia de las primeras etapas del peronismo.

Tosco, “El Gringo” como lo apodaban sus amigos, fue uno de los dirigentes más importantes que produjo esa Córdoba. Y que, a su vez, ayudó a alimentarla y dibujarle contornos originales, definidos. De origen peronista, fue girando luego hacia posiciones de izquierda pero sin perder jamás su condición de factor de unidad política dentro de Luz y Fuerza, el gremio que comandó a lo largo de 21 años.

Esa ductilidad en el manejo político-sindical, unida a una conducta austera, intachable, le fue empujando los espacios en una sociedad hambrienta de dirigentes obreros  intelectualmente lúcidos y personalmente transparentes. “No cambiamos  el sillón por la necesidad; menos la libertad por el silencio”, proclamaba constantemente. En siete oportunidades Tosco estuvo preso, dos veces por un tiempo prolongado. La primera cuando aún no se habían apagado las hogueras del Cordobazo, una pueblada que lo contó entre sus principales protagonistas. La segunda, algunos días después del Viborazo, el otro levantamiento popular que derrumbó el frágil proyecto de Roberto Marcelo Levingston para profundizar la llamada Revolución Argentina. Trece días antes, un plenario gremial lo había designado para acompañar a Atilio Hipólito López, otro grande de aquella época, en la conducción de la CGT. “Yo soy uno más de los que fueron, de los que son y de los que serán represaliados, castigados y perseguidos”, escribió desde Villa Devoto, a mediados de 1971.

Empero, desde su pequeña celda de tres metros por cuatro volvió a ganar las elecciones en el gremio con casi el 70 por ciento de los votos. Y pudo decir entonces: “Soy un trabajador con dignidad que representa  la dignidad de mis compañeros. Se murió un 6 de noviembre de 1975, cuando los uniformados de gatillo alegre iniciaban el baño de sangre en el paías. Al menos no vio como se llevazban a Tomás Di Toffino, su secretario adjunto, de las puertas de la Empresa Provincial de Energía, ni supo de la lenta agonía de su amigo Mario Abel Amaya, diputado nacional del radicalismo en un oscuro y frío calabozo de la cárcel de Rawson.

Y no asistió, tampoco, al aplastamiento represivo, económico, cultural, de la rebeldía cordobesa. Porque la Córdoba del “Gringo” Tosco y del “Negro” López, de los estudiantes bulliciosos que garabateaban citas del Che Guevara en las páginas amarillentas de pesados volúmenes, de los intelectuales y artistas que buscaban expresar los nuevos caminos de esa conciencia colectiva, fue prolija y brutalmente aplastada.

Roberto Reyna  (*)
 (*) Periodista cordobés ,ya fallecido, ejemplo de consecuencia y solidaridad. Publicado por  la revista “Los 70” en julio de 1997

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