Clínicas, territorio libre

El barrio Clínicas abarca cerca de un millar de pensiones y varios centenares de casas de departamentos de alquiler donde moran miles de estudiantes, el 35% de los cuales desarrolla, además, tareas productivas. La desaparecida revista “Siete Días” describe con minuciosidad las tácticas desarrolladas por ellos durante 48 horas de heroica resistencia:

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“El procedimiento se inicia al atardecer con la destrucción de los focos de alumbrado. Grupos de estudiantes recorren la zona munidos de hondas para hacer puntería, por turno, contra los faroles. Cuando se integran los grupos de defensa, formados generalmente por 15 personas  entre las cuales se elige un jefe que comandará las operaciones. Equipos de abastecimiento –mayoría de mujeres- inician la tarea de almacenamiento de víveres. Almaceneros,  verduleros o –simplemente- amas de casa, proveen de mercaderías a los jóvenes , quienes comienzan a preparar las tortas fritas y las empanadas con las que se alimentarán mientras dure el conflicto. Mientras tanto, otros grupos proceden a la fabricación en serie de bombas molotov. Grupos de exploración se dedican a ubicar las terrazas del  vecindario que ofrecen mayor resguardo y seguridad. Simultáneamente comienza la acumulación de las armas de menor poder: cascotes, piedras. Todo el arsenal se reparte en lugares estratégicos.

“Un grupo de comunicaciones establece el código a utilizar durante la noche. Los medios de transmisión pueden ser, por ejemplo, las columnas del alumbrado, a las que se hará tañir con objetos contundentes, generándose con sonidos en clave. A veces, en caso de peligro,  bastará con aplaudir insistentemente para que los grupos de resistencia puedan orientarse durante la noche en defensa de los acosados. Los estudiantes tienen prohibido gritar y, a veces, fumar. Antes de cada ocupación, las calles de acceso al barrio son rociadas con trozos cortantes de botellas rotas. Durante la ocupación de la semana pasada, la solidaridad  vecinal posibilitó un singular método de evasión: cualquier insurrecto perseguido por la policía podía recorrer la techumbre del  barrio y desplomarse en el patio de cualquier casa. Le bastaba decir “soy estudiante” o “soy obrero” (esa era la consigna)para que la ocasional familia lo cobijara rápidamente en cualquier dormitorio, espontáneamente pasaba a ser un hijo, un tío más de la casa”.

 

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