UN MILITANTE DE FIERRO

 

Pronunciar el nombre César Luis Nieto es hablar de la historia del peronismo, de ese peronismo de abajo, de villas y conventillos, de pocos laureles y mucha calle. De asados al sol regados con vino y guitarras, y también de años de sombras, de persecución y privaciones.  Decir César Luis Nieto es hablar de “El Gallego”, el de los inclaudicables ojos vivaces y la sonrisa, el de la memoria que guardaba miles de otros nombres. 

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Engendrado en pleno auge de esa “patria sublevada”, como le gustaba describir, recitando casi de memoria las palabras de Scalabrini Ortiz, el Gallego nació un 12 de febrero de 1946. Su padre, César Nieto, era entonces delegado en los aserraderos de San Fernando. Laburante desde los 10 años, había sido canillita, boletero, obrero en las quintas de las islas. Su madre, también desde muy joven ayudante de cocina, empleada doméstica, obrera textil, enfermera, ama de casa, y “evitista, más que nada”, subrayaba el Gallego. “Dulce, dulcísima, pero se plantaba”, como aquella vez en que casi tira a su patrona piso abajo, porque le pateó el tacho con agua jabonosa con el que había estado fregando, peldaño a peldaño, una larga escalera de mármol.

Su padre conoció a Perón en el 44, cuando el entonces Coronel comienza a organizar la Secretaría de Trabajo y Previsión Social. “A papá le decían que no se junte con él, porque era ´bota´. Los sindicalistas le desconfiaban. Entonces Perón empieza a contactar por abajo, en las comisiones internas, los delegados, y ahí aparece mi viejo”. La infancia del Gallego transcurre entre movilizaciones, reuniones y discusiones políticas, jugando en los potreros del barrio y en el patio del conventillo. Recuerda al detalle el fallecimiento de Eva Perón, mientras jugaban a Tarzán con su madre y su hermana: “cada vez que lo cuento mi hermana se enoja, porque le tocaba hacer de Mona Chita y ella decía que no era tan fea”. A las 20.25 la radio anuncia la noticia y el juego se termina abruptamente. Jane vuelve a ser su madre, y llora sin consuelo.

La alegría y la inocencia de “los únicos privilegiados” se podía tornar pesadilla en esos años. Cuando el bombardeo en Plaza de Mayo, la casa se empieza a llenar de compañeros que venían de allí y relataban con horror las explosiones, las muertes y mutilaciones, la sangre, el humo, el olor. El colectivo con chicos de la primaria que iban a visitar la casa de gobierno. El Gallego, con nueve años y “con los ojos así”, quería escuchar pero lo echaban. “Se habla tanto de Guernica -decía- pero del bombardeo del 55 no se habla nada”. “Creo que [ese hecho] explica la derrota de Perón después -aseguraba- creo que él vio que esos tipos eran capaces de cualquier cosa. Yo le cuestionaba a mi viejo que porqué Perón no le había dado armas a los obreros, y mi viejo me decía que yo no sabía de lo que hablaba. Quizás hubiera sido una masacre, es cierto. Aunque de todos modos la masacre vino después”.

De hecho, su padre fue víctima de esa masacre. Devenido en militante de la resistencia peronista y siempre ligado al activismo gremial, fue secuestrado por un grupo de tareas en diciembre de 1976 y continúa desaparecido. La primera mujer del Gallego, Olga Ana Cepeda, corrió el mismo destino. El  Gallego debió sobrevivir muchos años en un “exilio interno”, perseguido, dolido pero entero hasta el final, como lo retrata su última foto, sonriente y con los dedos “en V” durante un homenaje a los obreros ceramistas desaparecidos de zona Norte, pocos días antes de su muerte el 16 de febrero pasado.

Se reconocía “peronista jauretchiano”. Sostenía que si bien en el peronismo había elementos nuevos, subsistía una herencia, una continuidad histórica: de los radicales yrigoyenistas, de FORJA, Jauretche, Manzi, Scalabrini Ortiz. “Algunos peronistas se dicen ´de Perón´ ¿y qué es ser ´de Perón´? En el año 35 Jauretche levantó las tres banderas: independencia económica, soberanía política y justicia social. O sea que el peronismo no inventó nada”, polemizaba. Perón no había empoderado al pueblo, decía. La cosa era al revés: “fue la clase obrera la que lo empoderó a él. Esa clase obrera del conurbano bonaerense que salió a rescatarlo y lo puso ahí arriba. Cuando lo meten preso en el 45, la CGT, como siempre, estaba debatiendo si hacían paro o no. Al final decretan la huelga para el 18 de octubre, pero el 17 la gente ya reventaba la plaza”.

Se podría decir que la vida militante del Gallego empieza antes de su nacimiento y que no murió con él. En el medio están la Juventud Peronista, la Coordinadora de Zona Norte, las tomas de los astilleros, Montoneros, la resistencia en dictadura, la Comisión Memoria Verdad y Justicia de zona Norte. Materia de muchos capítulos por escribir. Lo reconstruido en esta breve nota es apenas el principio de una larga entrevista realizada a fines del 2017, la punta de un ovillo donde la historia del país se desenvuelve y se enreda una y otra vez, y que el Gallego narra con nombres, apellidos, direcciones y fechas.

Cuando muere un militante, suele romantizarse su vida, evitando las críticas y ensalzando sus virtudes. No sería justo decir esto en el caso del Gallego. No es exagerado decir que puso su existencia al servicio de la lucha política, sin perder la ternura ni la sonrisa, que mantuvo siempre ese carisma que lo hizo tan querido e inolvidable.

Un sábado al mediodía, en el Parque de la Memoria, se soltaron sus cenizas, en una despedida que fue a la vez una siembra, como se suele decir cuando se va un luchador. Y en la que no faltó todo aquello que llenó sus días: el sol de un típico “día peronista”, con poesía, música, brindis, plegarias, y la marchita con “los dedos en V”, frente al imponente río que sigue guardando los restos de miles de compañeros y compañeras.

Su amigo y compañero Eduardo Montebello, le dedicó esta poesía que es necesario compartir:

 

Una flor para el Gallego

Una flor, sencilla flor de cualquier jardín o de ninguno,

tal vez una flor crecida en un zanjón inoportuno

de los tantos que  atraviesan barrios de chapa e infortunio

Una flor que no figure en inventarios ni padrones,

que no tribute IVA  ni impuesto a la belleza.

Una flor sin código de barras, ni patrones

 

Una flor así, lozana e invencible

voy arrojarla al río para que te acompañe,

Gallego, para siempre y te lleve a navegar

 por esos mismos zanjones donde el piberío

ensarta mojarritas y añora tiburones

una flor crecida por el viento, entre yuyos -y roedores

 

Una flor timonel que te conduzca

por el Amazonas, el Tieté y tantos ríos nuestros

el Orinoco, el Bermejo, el Paraná, 

enervando ranchadas y villorios

para anclar irremediablemente

en nuestro Reconquista y tu canal de Carupá,

donde te esperan los de siempre,

esos rostros insolados de pobreza

con intensos ojos de fábula y tibieza

 

Desde ahora, Gallego, te veremos triunfante de pureza,

vencedor del yugo que envilece,

promotor del sueño que perdura,

en el estrépito jolgorio de esos pibes,

en las manos curtidas de changas y peones

en las sórdidas gayolas de los tiras

 sublevando la sangre de las masas

inoculando peronismo a mansalva,

peronismo del bueno y no del fétido

que transa con cipayos y oligarcas

 

De algo estoy seguro, Gallego compañero

amigo bancador y cancerbero

de nobles ideales y de jugarse el cuero:

en  tiempos que se vienen de luchas y entreveros

de inciertas estrategias y renovados sueños

permanecerá  indemne  tu  reiterado  credo:

“cuanto más cruda sea  y oscura la tormenta

menos habremos de ablandar el puño – y la croqueta”

 

Lucía Herrera

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