EL ODIO QUE NO CESA

Marcelina Meneses y su hijo fueron empujados a las vías del tren, hace 19 años. El crimen de odio continúa impune. La publicación “El Grito del Sur” editó una entrevista con su cuñada, Reina Torres, directora del “Centro Integral Marcelina Meneses”, quien advirtió que los migrantes volvieron a ser hoy el chivo expiatorio ante la falta de trabajo.

 

El 10 de Enero del 2001 Marcelina Meneses y su hijo fueron asesinados por la xenofobia. Ella tenía 31 años y hacía cinco que había llegado al país desde Bolivia. Ese día había tomado el tren Roca junto con su bebé Alejandro Josua Torres rumbo al hospital Finochietto, en Avellaneda. Cargaba algunos bolsos con los que, al doblar la formación, rozó a otro de los pasajeros. El hombre reaccionó al grito de “¡Boliviana de mierda! ¿No mirás cuando caminás?”. Cuando Julio Cesar Gimenez, el único testigo que aceptó haber visto el hecho, intentó mediar el pasajero continuó: “Qué defendés vos, si estos bolivianos son los que nos vienen a quitar trabajo. Igual que los paraguayos y los peruanos”. Lo que sucedió después fue cuestión de segundos, un tumulto de gente, un guardia de seguridad, más insultos y el tren que ingresa a la estación Avellaneda, desde donde Marcelina fue arrojada a las vías.

“Escucho que uno que estaba con ropa de trabajo le dice a un compañero: “¡Uy, Daniel, la puta que te parió, la empujaste!”, reconstruyó Julio días después ante el periodismo.

El asesinato de Marcelina sigue impune. Luego del hecho, la familia buscó testigos a través de carteles que pegó en los trenes que la misma empresa concesionaria, Transportes Metropolitanos Roca (TMR), hizo arrancar, e intentó sobornar al testigo para que cambiara su argumentación.

“Los migrantes ya venían teniendo problemas, porque siempre que hay crisis los utilizan como chivo expiatorio”, señaa Reina Torres, cuñada de Marcelina y directora del “Centro Integral Marcelina Meneses”. El paralelo con la situación actual lo trazó la Comisión Argentina para los Refugiados y Migrantes (CAREF): “En momentos como estos se fortalecen los discursos que culpabilizan a las personas migrantes por la precarización de las condiciones de vida encubriendo así las verdaderas razones del empobrecimiento de grandes grupos de la sociedad. Funcionarios públicos de distinto nivel con la anuencia de los medios de comunicación inventan “amenazas” y crean chivos expiatorios representados en la figura del y la migrante”, señala un comunicado de la ONG.

Pese a que la causa se cerró, la familia de Marcelina continuó la lucha en su memoria y logró que el 10 de enero sea declarado por la Legislatura Porteña como “El día de las Mujeres Migrantes”, a partir de la sanción de la Ley Nº 4409, de 2012.

foto nota

El Centro Integral de la Mujer Marcelina Meneses funciona desde hace cuatro años en la antigua casa de la joven boliviana asesinada, en Ezpeleta, zona sur de la provincia de Buenos Aires. En agosto de año pasado,  presentó el expediente para que la ley 4409 se extienda al nivel provincial y nacional. Allí  se organizan charlas sobre salud, género, violencia obstétrica, diversidad sexual y xenofobia con la idea de acercar herramientas a la población de la zona sur. También se brinda asistencia psicológica gratuita, cursos de quechua  y formación profesional para adultos. Uno de los aportes fundamentales del centro a la comunidad -como sucedió en el barrio Resistencia de Luján- son los talleres sobre discriminación y xenofobia.

“Sabemos que ahora están usando nuevamente a los migrantes como chivo expiatorio”, apunta Reina. “Da bronca porque llevamos 18 años, desde la muerte de Marcelina, trabajando. Sin embargo en este tiempo logramos articular con otras organizaciones para estar más acompañados”, subraya. También hace hincapié en la importancia de que las organizaciones de migrantes funcionen como redes de contención pero integrándose a la cultura argentina. “Como dice la Constitución Nacional todos los ciudadanos  tienen las mismas obligaciones y derechos. Hay que pensar en nuestros hijos, que son nacidos aquí pero de familias migrantes y por eso tienen muchos miedos”, dice.

Reina lamenta las dificultades actuales en el terreno educativo: “Mi madre no hizo primaria ni secundaria, mi padre solo algunos años de primaria. Cuando estaba  el plan Fines muchos adultos aprovecharon para terminar sus estudios y estaban contentos porque era algo pendiente”.

Con respecto a la violencia de género destaca la dificultad de   ser mujer y migrante. “Las migrantes tienen aún más dificultades  que las locales. Cuando una de ellas sufre violencia de género tiene más miedo de hablar porque muchas veces no tiene otra familia que la pueda apoyar. Si denuncian muchas veces la única respuesta del gobierno son refugios donde las aíslan o las discriminan. Muchas piensan que no tienen derecho a acceder a los métodos anticonceptivos que son gratuitos en este país. Al machismo intrínseco de algunas culturas, como la boliviana y la paraguaya, donde el hombre exige como pacto de fidelidad que no se cuiden se suma la discriminación del sistema de salud”.

¿Cómo se destierra la idea de que los migrantes no quieren trabajar? “Observando la realidad”, contesta Reina.“¿Quiénes son los que están cosechando? ¿Quién está en la costura? ¿Quién en la construcción? En cada sector de  la economía está la población migrante. La mayoría viene a probar suerte y después se queda, nadie dejaría su lugar si pudiera elegirlo. El migrante aporta, ésto hay que recordarlo porque de la desinformación nace la xenofobia”.

Fuente y foto: “El Grito del Sur”

 

 

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