CRÓNICA DE UN DESPOJO

Pequeños productores de la Unión de Trabajadores de la Tierra y trabajadores que solo pretendían comprar más barato fueron agredidos por la policía de Horacio Rodríguez Larreta. Qué dicen quienes fueron robados.

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Constitución es un colmenar donde confluyen trabajadores de todo el sur del conurbano bonaerense que bajan apurados de los vagones del Roca o de las infinitas líneas de colectivos que los conectan con los lugares donde están empleados. La inmensa mayoría de ellos vive lejos de las estaciones, en pequeñas casas a medio construir. En la plaza, la composición de sus habitantes es más diversa: vendedores ambulantes, buscas, punguistas, arrebatadores, pibes de la calle, mujeres jóvenes a quienes la miseria ha empujado a la prostitución. Perdedores, en fin, que intentan sobrevivir en los bordes de una sociedad que los ha condenado al hambre y la ignorancia.

Hoy se producirá un acontecimiento significativo en las  vidas de todos ellos. Podrán acceder por diez pesos a productos que no forman parte de su dieta habitual: berenjenas y morrones, por ejemplo. Los integrantes de la Unión de Trabajadores de la Tierra, una organización de pequeños productores de la zona de La Plata adherida a la CTEP, serán los encargados de proporcionarles esa ínfima alegría.

Los cajones empiezan a bajar de los camiones y la expectativa es grande. Pero repentinamente, una horda de policías metropolitanos avanza con sus escudos para impedir la venta de la mercadería. Ante los primeros amagues de resistencia comienzan a arrojar gas pimienta sobre los congregados y los vendedores. ¿Qué está sucediendo?  Con desgano y prepotencia, un uniformado informa a los periodistas: “obedecemos órdenes, éstos no tienen permiso”.  Nahuel Lavaggi, coordinador de la UTT explica: “Lo hemos solicitado decenas de veces pero nunca nos contestan”.  Un personaje de civil en un tono pedagógico justifica el operativo: “Lo que pasa es que cuando terminan de vender  esto queda hecho una porquería”.  Es cierto, a Horacio  Rodríguez Larreta no hay nada que lo indigne más que las transgresiones estéticas. Nada de veredas rotas, para eso están las empresas amigas a las que se contrata para arreglarlas, para eso se construyen piletas de natación de utilería o  elegantes paradas de colectivos pomposamente bautizadas Metrobus, nombre que en los países “normales” se les asigna a navetas (tranvías modernísimos) que tienen circuitos exclusivos. Una mujer interrumpe al explicador: “¿De qué habla, si la plaza siempre está mugrienta?”

Los frustrados compradores se muestran furiosos: “La gorra está prendida en todos los negocios que se hacen en la plaza. Las pibas que levantan, tienen que pagarles la cometa, los transas se mueven tranquilos porque nadie va a molestar a la clientela, desde el jefe de calle hasta el comisario están todos arreglados. Y vienen a joder porque los muchachos se ganan el mango vendiendo más barato”, dice Ariel, un obrero de la construcción “sin laburo desde hace dos meses”.

Anahí y Roberto son una pareja de productores que han sido despojados de su mercancía por servidores de un Gobierno dedicado casi exclusivamente a defender la propiedad privada de los ricos. “Se están quedando con lo que es nuestro”, se indigna Anahí, “no les importa que lo que trajimos nos haya costado días enteros de laburo, con calor o con lluvia”. Roberto añade: “Nosotros alquilamos un terrenito  por siete mil pesos mensuales. Allí nos construimos una casilla de madera, porque todavía no hemos podido comprar los ladrillos. Cuando llegan los camiones nos pagan lo que quieren por la producción y a veces piden fiado y no te devuelven la guita nunca. Por eso la gente paga 200 o 300 pesos el kilo lo que nosotros cobramos 50 pesos el cajón. Entre el intermediario y el verdulero se quedan con la mayor parte”.

La indignación se generaliza, pero el gas pimienta está haciendo efecto.  La heroica tropa policial agrede a los fotógrafos y cuando las puteadas van perdiendo intensidad y los integrantes de la UTT se alejan para discutir en improvisada asamblea las medidas a adoptar, los represores se llevan los cajones con vegetales que seguramente irán a parar esta tarde a sus heladeras.

En otros puntos de la ciudad, donde abundan los shoppings y las cervecerías artesanales, se comenta: “Éstos negros están todos locos, quieren convertir a Buenos Aires en una feria”.

DV

 

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