“La Precisa”1

Inauguramos esta nueva sección,  en la que pretendemos analizar  la actualidad económica sin tecnicismos ni enmascaramientos.

 

 Nos siguen pegando abajo

Hace poco menos de dos décadas, durante el gobierno de la Alianza, los salarios públicos y las jubilaciones sufrieron una rebaja de 13 por ciento. Ahora, con el gobierno de los ricos, no hace falta la disminución directa porque, al no estar vigente el 1 a 1, el saqueo se realiza a través del aumento de la cotización del dólar, que significa la permanente pérdida de valor del peso.

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Para saber cuál es la disminución real de salarios y prestaciones sociales, basta con hacer una simple cuenta. Quien en diciembre de 2015 ganaba 10 mil pesos a un valor del dólar de 13 pesos en el mercado paralelo —si tomamos el valor oficial de menos de diez pesos, la cuenta es mucho más escandalosa— recibía casi 800 dólares. Si calculamos que en estos dos años y medio recibió, en el mejor de los casos, 80 por ciento de aumento, hoy estaría percibiendo 18.000 pesos, una suma equivalente a 450 dólares de acuerdo con la paridad vigente. Es decir que a todos los que tienen ingresos fijos les han expropiado cerca de 45% de lo que percibían.

La inflación oficial, en tanto, superó 90%, pero los alimentos básicos de la canasta —harinas, fideos, aceite, etc.— lo hicieron prácticamente al doble. Solo en lo que va del año, las harinas, por ejemplo, aumentaron entre 80 y 90%.

El mito del emprendedor

Una de las mentiras más aborrecibles del neoliberalismo como expresión actual del capitalismo es la de que cada cual es responsable de su vida y de su progreso económico.

El individuo aislado que no necesita de la ayuda ajena y no está dispuesto a dársela a nadie es el producto de esta idea que busca imponerse.

Business person having bright idea

Así, el ejemplo a seguir es el del emprendedor, ese sujeto que se piensa a sí mismo como una empresa, que compite salvajemente por un lugar en la vida, que especula en busca de oportunidades de negocios y que piensa que el Estado sirve solamente para estafarlo con los impuestos.

Desde esa posición, no entiende que todo aquello que hace a su propia existencia —desde la salud hasta las rutas, desde el transporte público hasta las comunicaciones— fue en sus inicios fruto del aporte colectivo, aunque después terminara privatizado para beneficio de los dueños del país.

El emprendedor cree que todo depende de su esfuerzo, sin entender que para vender tiene que haber quien consuma, que para invertir hace falta crédito barato y que para todo eso es imprescindible que los gobiernos apliquen políticas distributivas que favorezcan a los de abajo.

El emprendedor, además, se explota a sí mismo y le han hecho creer que es un ingenioso innovador y que su capacidad es ilimitada. En la década del 90 del siglo pasado, todos aquellos que festejaban haber recibido indemnizaciones e instalaron con entusiasmo parripollos, maxiquioscos o canchas de paddle terminaron hundidos en la pobreza y la depresión, porque su descubrimiento empresarial no era cierto. Miles y miles decidieron hacer lo mismo y la bendita competencia, tan valorada por los adoradores del mercado libre, terminó por devorarlos a todos.

El emprendedorismo, como sustituto de la fábrica, necesita terminar con el llamado Estado de Bienestar y con toda forma de equidad para promover entre sus futuras víctimas un pensamiento mágico: que se es un empresario porque, por caso, se fabrica cerveza artesanal.

Claro que sostener el negocio implica estar atento a una competencia que crece y —aunque ellos no lo entiendan— a la capacidad de consumo de la población. Porque quien no tiene un peso en el bolsillo no puede darse lujos. Esas cuestiones determinan que las mismas políticas económicas que lo inventaron como “microempresario” son las que van a llevarlo a la ruina.

El emprendedorismo se apoya en la idea de que las decisiones económicas deben estar en manos de los mercados y que el Estado no debe regularlos. Se instala de esa manera una especie de anarco-capitalismo que produce espectaculares crisis.

En ese escenario, ya no hace falta el capataz para disciplinar, ni la suspensión o el despido para imponer el miedo, porque el emprendedor se explota a sí mismo, paga sus propias cargas sociales y los seguros de accidentes.

La generalización de ese esquema demanda que la solidaridad se esfume, que la educación se dirija a formar un nuevo individuo ambicioso, que sólo busque su propio placer y satisfacción, y que la sociedad pase a ser considerada como una gran empresa, formada a su vez por una multitud de empresas minúsculas, cerradas sobre sí mismas.

La mejor definición de lo que el neoliberalismo pretende la dio la ex primera ministra inglesa Margaret Thatcher: “La economía es el método, la finalidad es cambiar el corazón y el alma”.

Aun si uno entre miles de estos sujetos lograra prosperar y su pequeño emprendimiento creciera y ganara una porción del mercado, los grandes jugadores se encargarían de apartarlo del camino, bajando los precios para asfixiarlo y adquirir su industria por unos pocos pesos.

No se trata de una profecía. Es lo que ha sucedido en la alimentación o en las manufacturas de perfumería y artículos de limpieza, donde solo subsisten cinco o seis enormes conglomerados que compraron todas las marcas competidoras. Así, el sueño del emprendimiento propio se desvanece y se transforma en depresión y desesperanza.

 

 

 

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