FINLANDIA QUEDA MUY LEJOS

 

El tema del modelo educativo finlandés fue instalado desde los primeros días del gobierno de Mauricio Macri y retoma vigencia cada año al comenzar el ciclo lectivo, cuando el tema ocupa durante un mes, las tapas de los medios de comunicación, en el marco de la crisis que el sector arrastra desde hace décadas.  El presidente, como sus antecesores no se cansa de repetir que hay que cuidar y proteger a los maestros, en tanto la gobernadora de la provincia de Buenos Aires redobla la apuesta y afirma que los docentes deberían ganar $40 mil, pero les paga $12.500.

Ante la insistencia gubernamental en elogiar la enseñanza que se imparte en Finlandia, muchos propietarios de colegios privados se apresuraron a viajar a ese país para ver personalmente de qué se trataba. Se llevaron una gran desilusión: En Finlandia, las escuelas privadas están prohibidas

A grandes rasgos, el supuesto modelo que pocos  explicitan,  me recuerda a la escuela de los años 60 de la Capital Federal  -todavía no era ciudad autónoma- a la que tuve la suerte de asistir. Mi recorrido escolar puede servir para entender de qué hablo. Nací en el barrio de Palermo que, por entonces, era uno solo dividido en dos sectores: de la calle Paraguay hacia el río, era el barrio norte, donde vivían los más pudientes, y hacia el sur, “Las Chapitas”, así denominado porque la mayoría de las viviendas tenían techos de chapa.

Yo vivía en el Palermo pobre y concurría a la escuela de la avenida Canning, que luego, durante el tercer gobierno de Perón se llamó Scalabrini Ortíz, otra vez Canning durante la dictadura cívico militar y nuevamente  Scalabrini Ortiz con el regreso de la democracia. Una verdadera metáfora de la historia política de nuestro país. Esa escuela, ubicada al lado de la comisaría 25, entre Gorriti y Cabrera, era mixta. En cuarto grado, a los varones nos despachaban a otro establecimiento de la calle Pringles, donde el alumnado era masculino y los maestros también. Tiempos de feminismos débiles e igualdades lejanas.

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El asunto es que, debajo del guardapolvo blanco estaba el hijo del dentista, el del carnicero, el del médico, el del almacenero  y también el de la costurera viuda. Muchos pedían los cuadernos y las lapiceras en la dirección, no pagábamos cooperadora y los pibes llenaban de estampillas la libreta de ahorro, aunque no todos llegaban a completarla. A la escuela del barrio iba todo el mundo. Las pocas privadas eran confesionales, dependientes de los obispados, y las pocas que no lo eran tenían mala reputación.

Vamos al grano: en la Finlandia admirada por el macrismo,  todas las escuelas son estatales y hay una por barrio, la educación es un derecho de los ciudadanos y un deber del Estado, por lo tanto nadie las confundiría con un negocio.

En cambio, en  esta vapuleada Argentina, he podido comprobar como en los últimos 30 años, compañeros míos, maestros de la escuela pública, se enriquecieron instalando establecimientos privados en los mismos barrios donde el Estado no respondía a la creciente demanda de matrícula.  Y recibían subvenciones del mismo Estado con la excusa de que la iniciativa privada cubría sus falencias. Todo tan legal como las off shore.

Además, en Finlandia, la enseñanza se imparte en un turno de cuatro horas diarias-como en mi escuelita de Pringles-, porque los pedagogos consideran que los pibes deben tener tiempo libre para la música, los deportes, los idiomas, la familia, los amigos. Por cierto, allí no es necesario trabajar 14 horas diarias para llegar a fin de mes. Aquí, donde según el discurso oficial se avanza raudamente hacia la “pobreza cero”, la matrícula de las escuelas con comedor volvió a crecer vertiginosamente desde hace dos años. En Facebook circula un video que se viralizó, en el cual una abuela indignada de una provincia pobre cuenta que crió a sus hijos en comedores populares y que no está dispuesta a que lo mismo suceda con sus nietos. “No lo voy a permitir”, le grita al Presidente.

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Por último, en Finlandia no existen los comedores populares, ni se busca cerrar escuelas o suprimir bachilleratos nocturnos, los docentes cobran $50 mil por mes –diez mil más que en el verso vidaliano- y no se les ofrece un incremento de 15 por ciento sobre el básico en tres tramos.

Tengo muy claro que estamos muy lejos de Finlandia y que la crisis educativa, que nadie desconoce y que responde a múltiples causas que son motivo de otro análisis, no se va a superar hambreando maestros o apretando a sus dirigentes sindicales.

Daniel Fariña
Maestro de Tigre

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