Elsa Mura :  militante gremial, ex presa política y dirigente feminista

“No hay que esperar a organizarse para resistir”

En  la primera de las dos notas que tenemos previsto publicar esta mujer que con más de 80 años continúa peleando contra el sistema, cuenta sus humildes orígenes y las razones que la impulsaron a asumir una militancia basada en la solidaridad y la unidad de acción.

Nací en Villa Mercedes, San Luis, el 9 de setiembre de 1935. Tuve una infancia feliz con una abuela que era comechingón, que no sabía leer ni escribir, pero era una persona muy sabia.  Siempre me pregunté quién le había enseñado a hacer los tejidos y bordados, las mantas, las alfombras, las cortinas…  Vivía en el medio del campo, lo más seguro es que haya sido la transmisión de cultura de generación en generación. Era una bellísima mujer.  Mi abuela siempre me decía que “el saber no ocupa lugar”. Yo iba a la escuela a caballo y, a veces por tormentas u otros imprevistos, no podía volver. Ella me preguntaba qué hacía, yo le decía: “leí  a la luz de un farolito a querosene”. Me aprobaba y me repetía la frase. Ahora yo se la digo a mi nieta: “Estudiá, el saber no ocupa lugar”.

A los 14 vine a la Capital, dejé aquel mundo feliz donde jugaba con los patos, pollitos y otros animales. Cuando llegamos me asustaba el bullicio, cruzar las avenidas, y ya a los 16 empecé a trabajar en una metalúrgica en el barrio del Once. El golpe del 55 fue lo que a mí me marcó. Estaba estudiando en la secundaria, y nos llevaron a la Plaza de Mayo, a un acto de desagravio a la bandera Argentina, cuando se produjo el bombardeo. Recuerdo un zumbido en un día de cielo limpio. Parados al lado de la Catedral, casi en la boca del subte; del otro lado estaba la Escuela de Enfermeras.  Nos paramos en la escalera del subte y estaban bombardeando la Plaza. Lo último que vi mientras bajaba las escaleras, era gente que corría y se llevaba por delante, y al que se caía lo pisaban. Eso nunca más lo pude digerir, aceptar, lo he pensado un montón de veces, ¿cómo nuestro propio ejército, bombardeó nuestra capital?  ¿En qué cabeza podía caber eso?

Cuando lo sacaron a Perón,  yo estaba en la fábrica, nos avisaron pero ya no había transporte, las calles estaban vacías. Parada en Misiones y Rivadavia, veía camiones con compañeros que iban a la CGT y me gritaban: “Venga compañera, suba que vamos a buscar las armas”. Unas armas que había comprado Evita con dinero de la Fundación, pero Perón se las había dado al general Lucero, no a la GCT. Los compañeros se encontraron con la CGT cerrada. Desde ahí, para llegar a Lanús donde estaba mi casa, tenía que cruzar puente Alsina. Estuve casi toda la noche esperando que bajaran el puente, porque lo habían levantado para evitar el cruce. A la madrugada, desde mi casa se escuchaban las ametralladoras matando a los trabajadores de zona sur, decían que eran de Berazategui. En la playa de estacionamiento del trolebus 307, ahí fusilaban trabajadores. Entonces la CGT nos convocó para que volviéramos al trabajo, porque  Perón ya se había subido a la cañonera, se iba al Paraguay, que estaba bien y que volviéramos, pero la Resistencia ya había empezado.

Muchos se negaron a ir a trabajar. La radio no informaba muchas cosas. Entonces sintonizábamos  Colonia,  y tratábamos de escuchar  algunos medios de comunicación de países limítrofes para saber lo que estaba pasando acá. Cuando volvimos al trabajo, el yanqui colorado dueño de la metalúrgica se paseaba por los pasillos diciendo que nos iba a sacar todos los beneficios que teníamos. En realidad, no eran beneficios sino chirolitas para que no nos quejáramos. Un día, recuerdo, se paró al lado mío y dijo: “¿Ahora quién las va a defender?” Yo no le dije nada, me fui al baño, siempre tenía un lápiz labial en la cartera aunque no me pintaba, y en un espejo muy grande escribí  “MINGA AL YANQUI”. ¡La que se armó! Iba una al baño y llamaba a otra y así; el baño era un lugar de reunión. La huelga de brazos caídos era una forma de protestar, nos sentábamos y no hacíamos nada, disimulábamos ante el dueño, de esta manera la producción estaba parada. Por más de 20 días fue así.

Estudiaba y trabajaba, hasta las cuatro estaba en la fábrica y a las cinco entraba a estudiar, en un colegio de Once, cerca del trabajo. Igual muchas veces me escapaba  por la ventana para reunirme con las compañeras o compañeros. Recuerdo que hacíamos actos relámpago en Plaza Once, nos organizábamos para  llegar de distintos puntos, y ahí cantábamos la Marcha Peronista, aunque yo no era exactamente peronista, porque mi padre era anarquista y mi abuelo era radical. Yo venía del campo, ni idea tenía de la política, pero todo eso les daba bronca a los milicos, por eso les cantábamos la marcha.

¿Dónde surgió tu espíritu de lucha?

Mi rebeldía surgió, como dije, en el bombardeo de Plaza de Mayo, y al saber que estaban matando trabajadores en Lanús. Y lo que me lanzó a  la militancia gremial fue el conflicto desatado en el Frigorífico Lisandro de La Torre, en enero de 1959: los trabajadores pedían que no se privatizara el frigorífico, los diputados votaron por la privatización. Con el correr de los años nos dimos cuenta de que no estábamos equivocados, porque era el frigorífico más grande que había de exportación de carnes nacionales. También estaba  La Negra, pero el cierre del Lisandro de la Torre, le dejó vía libre a los más pequeños y dejaron casi 10.000 trabajadores en la calle. Yo vi documentales donde hablaban los hombres, no las  mujeres. Pero nosotras fuimos a respaldar, nadie registraba que había mujeres en la lucha. Apenas escuchamos por la radio lo que pasaba, fuimos a respaldar a los trabajadores, durante dos días. Ahí estaban Agustín Tosco, Jorge Di Pasquale, Gustavo Rearte,  Saúl Ubaldini que entonces era cadete del frigorífico y tenía 15 años; éramos todos muy pibes. Una pelotera de aquellas. Los compañeros estaban dispuestos a tirar agua caliente y largar el ganado si entraba la policía. Pero vino un tanque Sherman y volteó los portones del ingreso que eran enormes y se acabó. Las mujeres, que éramos en su mayoría de extracción campesina, andábamos con las gomeras. Yo tenía la mía y de ahí en más, hasta que el Consejo de Guerra me la quitó, no me separé de ella. Cuando había un conflicto callejero y la policía arrestaba a algún compañero, lo tenían tirado en el piso, golpeándolo, nosotras le tirábamos con la gomera, le tirábamos al casco porque el golpe los desorientaba. Una vez en el ‘59 le di a uno en el casco, se asustó y se cayó del caballo. Me persiguieron hasta que me cazaron, yo tenía el cabello muy largo y trenzado, me agarraron de las trenzas y me llevaron arrastrando hasta la comisaría que estaba enfrente del Hospital Ramos Mejía. Por Rivadavia me llevaban, y las mujeres corrían por Hipólito Yrigoyen, para saber adónde iría a parar. Me tuvieron en un patio, hacía mucho frío, era en agosto, no podían llevarme al calabozo porque eran todos hombres; yo era flaquita, una nena. Fue la primera vez que me agarraron. Me llevaronn ante el comisario, que pensaba que se iba a encontrar con una mujer grande, me miró y me dijo: “Sentate. Mirá chinita, la próxima vez que andes haciendo lío por la calle, voy a llamar a tus padres pare que te vengan a buscar, si no, no salís”. Cuando le dije que estaba ahí por voltear a un milico, me miró como diciendo “No te hagas la fanfarrona”.

 

Nos organizábamos para hacer pintadas a la noche, hacíamos cortes de calles, la poli montada nos corría, o nos largaban los perros. En el ¨59 hubo una huelga metalúrgica muy grande que duró 45 días, ya no teníamos qué comer ni nada, en un bar nos fiaban el café con leche, si no ganábamos íbamos a estar todo el año pagándolos…. La ocupación fue en la calle, porque durante el gobierno de Frondizi, vaciaban las fábricas como ahora, se llevaban las maquinarias. Y para evitar que eso ocurriera, ocupábamos la calle. En el barrio había una clínica y a la madrugada nos traían las ollas llenas de comida para 200 personas. Era poquita para cada una, y también le guardábamos para los gatos, aunque les parezca raro, porque cuando la policía venía con los perros, la gomera no funcionaba, entonces juntábamos a los gatos, cada una con uno, y cuando estaban a una distancia largábamos los gatos, y los perros los corrían con los policías a la rastra y nosotras  íbamos en sentido contrario. Esto era el ingenio popular, para salvar el pellejo.

¿Qué pensaba tu familia? Vos tan jovencita, trabajando en la Capital, lejos de tu lugar de origen…

Mentía bonito, y eso me sirvió siempre. Mamá y papá estaban separados, en complicidad con mi papá le decía que llamara a mi mamá y le dijera que estaba bien. Porque él vivía a ocho cuadras de la fábrica y ella creía que andaba conmigo. Siempre preferí a mi papá, por una cuestión ideológica. Recuerdo que una noche él me había preparado un guisito de lentejas, cuando estábamos en la mesa, me dijo: “Si usted quiere ser dirigente, no se tiene que dejar golpear, usted golpea, huye, vuelve, golpea, huye, ¿me entendió? No se queda para que la apaleen”. Y me lo repitió no sé cuántas veces. Mi padre era anarquista. Nunca lo había visto cerca de nosotras, pero un día de muchísimo frío, lo vi venir a eso de las cinco de la tarde, yo usaba unas zapatillas “boyerito”, muy finitas, suela de goma y tela, estaba embarrada, mojada. Me gritó: “Venga”. Él era muy grandote, me agarró, me sentó en una pared,  sacó un pañuelo, me limpió los pies y me puso unos zapatos de suela crep gruesa, mientras me decía: “No puede andar con los pies así”. Pero las zapatillitas no las dejé,  me permitían correr más rápido. Recuerdo que por la calle Misiones, los vecinos eran muy solidarios y nos dejaban los zaguanes abiertos, las puertas cancel también abiertas, para que no nos agarrara la policía.

 

Elsa Mura 1

 

¿En la metalúrgica qué se fabricaba?

Unas radios chiquitas, parecidas a las Spika. El dueño era  yanqui, pero la producción era nuestra, era industria nacional. La huelga tan prolongada que les conté la ganamos, pero llegamos casi en el límite de nuestras posibilidades. Nos alimentábamos en un hogar de mujeres que tenía comedor abierto, en la calle Hipólito Yrigoyen. Con moneditas comprábamos para comer un poco cada una y tener algo caliente en la panza. En esa época estaba Augusto Vandor, un tipo que mucho discurso para llegar a los trabajadores no tenía. Si alguien lo enfrentaba él arrugaba, o esa era la táctica. Nosotros no le teníamos confianza porque era un tipo que vendía los conflictos, había muchas huelgas, él los vendía y se llenaba de plata. En una oportunidad, cuando estábamos en una asamblea, me agarró de la remera y me sacó diciéndome: “Nosotros no queremos negras comunistas. Nosotros somos peronistas”. Pero él no tenía ni idea de la organización que teníamos las mujeres y no le íbamos a consultar a ningún varón del gremio qué teníamos que hacer. Entonces ante ese atropello, se levantaron todas las compañeras para irse. Y me fue a buscar para que volviera a la Asamblea. Eran las trastadas propias de él. Mientras tanto la Resistencia se estaba organizando. En el ¨62 la fábrica se cerró, y ahí la ocupamos.

¿Cómo compatibilizabas tu historia personal con la militancia?

Yo estaba en ese momento con mi bebé de nueve meses y mi marido, al que había conocido en un picnic, donde nosotras recolectábamos dinero para la guerrilla paraguaya que luchaba para sacar a Stroessner, vendíamos chipá, empanadas, sopa paraguaya, o rifábamos algo. Yo andaba ofreciendo rifas y me lo crucé. Le quise vender una y  me dijo que ya había comprado, le contesté: “A mí no me mienta porque el talonario lo tengo entero”. No tuvo más remedio que comprarla. Al otro día entré a la fábrica, fui a fichar, y estaba el que me había comprado la rifa parado ahí; sabía que yo trabajaba en ese lugar. La lucha en la empresa siguió hasta que llegamos a un acuerdo, nos pagarían el 100%, pero llega Vandor y todo se da vuelta, nos vendió una vez más, y nos arreglaron con 50% al contado y el resto en cómodas cuotas. A mi marido ya lo habían echado hacía un tiempo. Él era músico y se fue a trabajar a Córdoba. Yo me quedé sola con la nena, me la llevaba a la fábrica, porque nunca sabía si volvía o no a casa. Después de este trabajo, en la metalúrgica nunca más, estábamos marcadas en el mismo gremio. Trabajaba cuando podía, pero seguía con la militancia en la Resistencia, ya más cercana al peronismo, en aquellos años se formaría la gloriosa JP, comprometida políticamente, en proteger compañeros, buscar refugio, plata y comida para los presos. Las mujeres conocíamos a los comerciantes, sabíamos quién era radical, socialista, o peronista, quién podía colaborar con remedios, comida, ropa. El pueblo aportaba. Hace unos días vi por Internet a una compañera joven que hablaba de organizarse para resistir, y le conté que en el 55 resistimos y a la par nos íbamos organizando, no esperábamos a organizarnos para resistir. Es muy difícil de esa manera, más en el despelunche que hay ahora. Todo lo que les cuento fue muy peleado, pero el refrán dice que uno sufre y aprende

A mí me han enojado mucho siempre los que escriben sobre el movimiento obrero, sobre las grandes luchas, y dejan totalmente afuera a las mujeres. No estuvimos, no fuimos, no existimos”.

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Elsa Mura 2

Al tiempo entré en Modart, textil Kleiman, en Flores. Me espantaban las condiciones en que trabajaban las mujeres, la exigencia de producción era altísima y el gremio tremendo. Nos organizamos un grupo de mujeres, ya para ese entonces estaba la JTP (Juventud Trabajadora Peronista). Me encontré con un diputado que me dijo: “¿Vos sos del gremio del vestido? Hay unas mujeres que vienen a reunirse acá para formar una agrupación”.  Así se arma la Agrupación Evita, todas mujeres que están desaparecidas, entre el 23 y el 26 de junio del 76 nos secuestran a todas las que se encontraban en la fábrica y a mí me llevan de mi casa. A la vuelta de nuestra fábrica, dos días antes, se habían llevado a las cuatro delegadas de otra fábrica.

En mi casa había dos compañeros, una pareja que eran montoneros. Estábamos acostumbrados a mirar mucho los alrededores para asegurarnos y ese día cerca de mi casa no había nadie. Pero yo presentía que ese día me llevaban. Fui a buscar a la menor de mis hijas a la escuela, y la dejé con sus amiguitas en la plaza. Mi  hija mayor estaba en casa con anginas, no había ido a la escuela. Ella tenía 14 años y la otra 12. Crucé la calle y estaba todo  en silencio, incluso el taller metalúrgico estaba cerrado. Entré a mi casa y ya los tenía adentro, el sótano estaba lleno de milicos. Aunque sabía que me iban a  llevar, yo no  dejaba a los compañeros  ni a mi hija ahí solos. Vi que estaban los compañeros en la cocina con el mate, les hice una seña para no hablar, y en ese momento los milicos corrían por la casa, la destruían. La pareja trató de escapar por una ventana, pero a ella le dispararon y la hirieron en la cadera, a mí me dieron un culatazo en la cabeza, tiraron a mi hija al lado mío y empezaron a saquear. Rompieron todo. A pleno día. Después de la medianoche me sacaron de la casa, según contaron los vecinos.

A mi papá lo llamaron y le preguntaron si una tal  Elsa Mura que agarraron era la hija. Mi papá negó que eso hubiera pasado y  les dijo que había estado dos días antes conmigo. Pero cuando fue a mi casa, encontró escombros. Los vecinos, que habían estado espiando por las ventanas,  le contaron que había estado el Ejército, con los camiones, la policía, la ambulancia, que había gente herida, que a mí me llevaban con la cabeza vendada. A mi papá le dio un infarto y estuvo tres meses internado en una clínica, mi hermana se ocupó de él, lloraba siempre y decía: “No voy a ver más a mi nena”. La nena ya tenía 40 años. Y aunque nos peleábamos por diferencias generacionales y políticas, toda la experiencia que tenía mi padre me sigue sirviendo. Yo era la única militante de la familia. Mis hijas quedaron con personas del Ejército en la casa, además de un bebé del matrimonio que también estaba allí. No sabían cómo hacer y se fue un milico jovencito de civil  a la casa de mi hermana, porque mi hija le dio la dirección. Ella tuvo que pasar por un montón de lugares hasta que la autorizaron a llevarse a las nenas. Soportaron 25 días en medio del caos, pleno invierno con todo roto. A mí me llevaron a la Comisaria 33 junto con el compañero, a la compañera al hospital. Yo era una pieza de ajedrez que no encontraban  adónde  poner, me llevaban por todos lados, creo que no sabían que estaba en la Agrupación Evita de mujeres, que era uno de los cinco frentes de lucha de de Montoneros. Nosotros fuimos los que organizamos la gran marcha del Rodrigazo, cuando cayó Rodrigo.

Mi marido se fue y nunca más volvió. Yo formé otra pareja, con un compañero del Ejército Revolucionario del Pueblo, que había estado preso, y me enseño algo que jamás olvidé: “Si uno dice A, dice B, dice C,  los milicos te hacen decir todo el abecedario. No hay que decir ni A ni nada”. Siempre me acuerdo de él. Cuando fuimos a Devoto a liberar a los compañeros en Mayo del ¨73, él me contaba esto sin saber lo que pasaría. Ahora está desaparecido, lo capturaron  para la misma fecha. La noche que nos agarraron teníamos planeado ir al Uruguay, nos encontraríamos en el mercado de Colegiales, el plan era llevar a las nenas, con los documentos y nada más, pero nunca nos encontramos. Nunca más vi al compañero que se llevaron conmigo. A mí me sirvió todo lo que mi pareja me aconsejaba, para soportar todo lo que me hicieron.

En Devoto estuve un año. Yo creo que Devoto fue para mí otro mundo. Creo que toda esa vivencia me generó otra manera de valorizar a las mujeres. Siempre trabajé con mujeres, y las luchas en la calle también fueron siempre con mujeres. A mí me han enojado mucho siempre los que escriben sobre el movimiento obrero, sobre las grandes luchas, y dejan totalmente afuera a las mujeres. No estuvimos, no fuimos, no existimos. Y yo revaloré más a la mujer en Devoto. Eran otras mujeres, eran otras experiencias pero eran todas de lucha. Daba gusto, por ejemplo, verlas hacer gimnasia en el recreo,  porque había que tener el cuerpito preparado para cuando saliéramos, aunque no sabíamos cuándo ni cuál era la pelea que nos esperaba. Y teníamos que comer esa inmundicia que nos daban en Devoto, porque al cuerpito también había que alimentarlo. Estábamos todas flacas, porque la verdad es que la comida era horrible. Hasta la caída del gobierno que se decía democrático, teníamos radio, entraban diarios, libros, algunos alimentos. A partir de la dictadura militar, en cada requisa nos iban quitando cosas. La táctica de ellos era que cuando entraba una presa, yo lo vi porque a mí me lo hicieron, le preguntaban si era común. “Montonera”, les dijo una. Le pusieron el sello “montonera” en la ficha y la mandaron entonces al pabellón 26. Ahí había mujeres montoneras, de las FAR, del ERP y mujeres comunistas que habían traído de Rosario después de tres meses de pasársela comiendo lentejas, era lo único que comían. Todas enfermas.

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.”Hace unos días vi por Internet a una compañera joven que hablaba de organizarse para resistir, y le conté que en el 55 resistimos y a la par nos íbamos organizando, no esperábamos a organizarnos para resistir”-

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Elsa Mura 3

Realmente esas mujeres fueron maravillosas en mi vida, me hubiera gustado encontrármelas alguna vez. Una madrugada viene la”bicha”, como les llamábamos nosotras a las celadoras: “Elsa Mura de Ramírez, ¡vístase!” Y salieron todas corriendo de las camas preguntando adónde me llevaban. “A la base militar”. Las compañeras tenían pavor, porque nunca habían sacado a nadie de Devoto hasta ese momento. Se levantaron todas  a abrazarme. “¿Cómo que te llevan? ¿Adónde? ¿Por qué te llevan?”  “Yo tengo Consejo de guerra”. “¿Cómo que tenés Consejo de Guerra? Nadie tiene Consejo de Guerra”. “Yo tengo consejo de Guerra”. “¿Y por qué no lo dijiste?” “Yo lo dije, pero nadie me dio bola”. Todas ahí eran judicializadas o a disposición del Poder Ejecutivo, PEN, la única con Consejo de Guerra, al menos hasta que salí, fui yo. Lo que es la militancia y lo que es ser compañeras, ¿no? La que había guardado, por el hambre que pasábamos ahí, una rodajita de pan debajo de la almohada, un pedacito de queso, cada una que tenía algo guardado me lo quería dar para que me lo llevara porque al ir a una base militar  no iba a comer. Les dije: “Compañeras, no puedo llevar nada. A mí me sacan esposada y no sé si no me sacan con la capucha”. Y salir de Devoto esposada era ir para atrás. Las “bichas” nos enganchaban por atrás de los brazos y prácticamente nos sacaban en el aire, la práctica que tenían esas mujeres era tremenda. Me llevaron a la base militar de Palermo y cuando bajé del celular, iba encapuchada y  escuchaba el paso de los vehículos, y  me dije: “yo estuve acá”. Cerré los ojos. “Uno, dos tres, cuatro, voy a encontrar una escalera. Eran uno, dos, tres, cinco escalones, ya llegué. Voy a caminar doce pasos, voy a doblar a la derecha”.  Dos veces había estado ahí. Ese era el Consejo de Guerra. En realidad,  las veces anteriores me habían llevado a otro lado, pero la entrada, subir los escalones, caminar los doce pasos, doblar, era esa. Y también el aroma de las flores, un aroma muy suave, de amapolas y conejitos. Al estar presa,  encapuchada e indefensa cómo se desarrollan otros sentidos, ¿no? Y con qué intensidad  se desarrollan, porque aún ahora, que  han pasado tantos años  escucho algo por la calle y sin moverme de acá, sé si es mujer u hombre, qué están hablando, si llevan perro o no. Y eso que estoy quedándome sorda de un oído, porque allí me dieron un golpe, me sacaron de lugar el hueso de la mandíbula.

Entrevista:

Elisa Giordano,  Juan Manuel Clivio            

 

 

 

 

 

 

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