Los primeros pasos

En ésta, la primera de tres notas que publicaremos sobre el tema, Carlos Masera, uno de los principales dirigentes del Sindicato de Trabajadores de Concord (SITRAC) evoca los inicios del clasismo cordobés que tendría notable participación en la insurrección popular conocida como Viborazo.

fiat concordx

Mi ingreso como operario calificado de Fiat Concord se produjo en 1964. Antes había trabajado en IKA-Renault. Por entonces, los obreros de Concord estaban sindicalmente representados por la Unión Obrera Metalúrgica (UOM). Mis compañeros me comentaban que el nivel de combatividad era bajo y eso se debía principalmente a una larga pelea que se había llevado a cabo a raíz del despido de un operario de apellido Nardini. Ante esa decisión empresaria, el gremio decidió entablarle un juicio a la empresa por despido arbitrario y salarios caídos. Pero el abogado, en lugar de hacerlo colectivo, presentó uno por cada operario. Como el fallo fue desfavorable cada uno de los laburantes tuvo que hacerse cargo de los honorarios y todavía estaban pagándolos en cuotas,

En 1965, las 62 Organizaciones peronistas lanzaron un plan de lucha contra el gobierno radical de Arturo Illia, con toma de fábricas y talleres en todo el país.  En Fiat,  la toma se realizó con el aval de la propia empresa. Yo tenía menos de un año de antigüedad y me desempeñaba en una línea de producción de engranajes. Recuerdo que el secretario del gremio participó de una asamblea y nos invitó a ocupar nuestros lugares de trabajo. “Pueden jugar al ajedrez o a cualquier otra cosa siempre que no sea a los naipes. No hay ningún problema porque esto ya está hablado”, dijo. Mientras, la guardia de la Fiat colocaba carteles en el frente en los que se leía: “Fábrica tomada por los trabajadores”.

Ese mismo año surgió con cierta fuerza un movimiento sindical encabezado por un tal Villarreal, que reclamaba la equiparación de salarios con el resto de la industria automotriz nacional. Nos enteramos por un compañero de que estaban adheridos a Acción Sindical Argentina (ASA) e internacionalmente a la Corriente Latino Americana de Trabajadores (CLAT), ambas de tendencia socialcristiana. Muchos de sus integrantes eran radicales. El planteo era que había que cambiar de gremio y ofrecían como alternativa el Sindicato de Mecánicos y Afines del Transporte Automotor (SMATA) o la conformación de un sindicato de fábrica. Se ve que realizaron trámites para conseguirlo porque el ministro de Trabajo de Illia, Solá le canceló la personería a la UOM en Concord y se la otorgó al flamante Sindicato de Trabajadores de Concord (SITRAC), encabezado por Villarreal.

Cuando comenzó la pelea por el nuevo convenio colectivo de trabajo, la empresa acordó con Augusto Timoteo Vandor –secretario general de la UOM- la incorporación a la planta de un numeroso grupo de obreros provenientes de Buenos Aires, todos ellos con trayectoria sindical. De entrada se generó mucha confusión, pero enseguida nos dimos cuenta de que los vandoristas venían por el gremio.

Recuerdo que a partir de allí hubo discusiones entre nosotros.  Gregorio  “Goyo” Flores, un compañerazo, insistía en que el sindicato de fábrica es más débil que uno de segundo o tercer grado. Estaba claro que una organización más poderosa puede ser más ventajosa para los intereses obreros porque tiene más fuerza, pero en este caso la empresa prefería negociar con un sindicato grande dispuesto a arreglar, antes que la incertidumbre que le creaba uno pequeño que no se sabía en qué podía terminar. Los vandoristas aparecían como combativos en las asambleas para ganarse la confianza de los compañeros, entre los elegidos

por Vandor estaban el asesor del secretario general del Sindicato de trabajadores de Fiat Caseros (SITRAFIC) y un personaje que llegaría a ser tristemente famoso, Norberto Imbelloni,  un matón que con el tiempo sería involucrado en asesinatos y terminó rajándose al Paraguay. El tipo fue a caer justo en la línea donde yo trabajaba. Nuestro jefe era un individuo muy curioso apellidado Massaglia, que siempre se las arreglaba para que los trabajadores lo estimaran. Amagaba con el puño y decía “non te me haga el loco porque enseguida te areglo”. Pero si no hacías las cosas como le gustaba, al principio te ignoraba y después te cambiaba de línea.

Fue precisamente en esa línea la T 6 de la planta C dónde Imbelloni encontró la manera de dar pelea. Resulta que una pieza del cambio de marcha del modelo 1500, salía del abrochado con rebaba en ambas bocas, y como para dejarla en condiciones se demoraba demasiado, la jefatura ordenó colocar un cepillo de acero en lugar de la piedra esmeril para limpiar esa pieza. A los pocos días de realizar esa tarea, el cepillo dejo al depósito de materiales sin capacidad de proveer de guantes protectores y empezó una odisea porque los operarios que la realizaban  podían quedarse sin dedos. Imbelloni ni lerdo ni  perezoso, aprovechó la oportunidad para iniciar una protesta que a todas luces era justa. Entonces, Massaglia me dijo: “Masera (pronunciando la ese casi como una y), llévalo a este al depósito para que vea que non hay guantes”.

Emprendimos la caminata hacia el lugar que se encontraba a unos 400  metros e Imbelloni me preguntó: “¿Qué dicen los muchachos de nuestra llegada a Córdoba?. Después de un breve silencio le respondí: “Algunos compañeros dicen que ustedes son de la cana, que vienen a investigar para ver quién tiene razón en este lío”. Me interrumpió: “No, deciles a los muchachos que se queden tranquilos, nosotros nos vamos de nuevo, ya va a venir Perón y se arregla todo”.  Era evidente que la cuestión de los guantes no se resolvía y la solución que encontré me sirvió de aprendizaje.  Tomé una pieza que va dentro de la que tenemos que cepillar, le soldé un eje, se lo di a los muchachos que torneaban a los efectos de que le dieran la medida que correspondía a los cojinetes. Armado el conjunto lo prendí de un soporte articulado a la piedra de manera que se lo pueda arrimar al cepillo con facilidad y sin tocar la pieza con la mano, al momento del cepillado. El resultado no solo resolvió el problema sino que multiplicó mucho la velocidad de la operación.

gentex

“Se violaron todas las leyes vigentes, se encarceló a numerosos trabajadores y se llegó a ocupar la planta de la peor manera, introduciendo carrieres y armas largas como si se tratase de una guerra, y lo que es peor, lo hicieron en defensa de una empresa multinacional que se burlaba de los intereses de los trabajadores”.

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Lo que aprendí fue que cuando se realizan mejoras redundan rápidamente en favor de la economía de las empresas y siempre las realizan los trabajadores. Y esto me impactó porque un partido de izquierda repartía en las plantas una suerte de revistita llamada “La Mulita” y allí leí el siguiente comentario. “Imaginemos que un extraterrestre llega a nuestro planeta y lee en un diario ‘En un país capitalista, un obrero inventa una maquina maravillosa que realiza el trabajo de cien operarios’ Este alienígena diría pero que bárbaros los terráqueos, mirá como progresan. Al otro día lee en el diario: ‘La fábrica favorecida ayer por un gran invento despide cien operarios’”

Los sindicatos de fábrica surgieron  de una ley dictada durante el gobierno de Arturo Frondizi y salvo en las plantas de Ferreira no dio los frutos esperados. En esta cuestión tuvimos opiniones encontradas con quien fuera el más querido y admirado entre los activistas de SITRAC, el Goyo Flores, quien afirmaba que aquellos que impulsaban este método argumentaban que primero había que construirlos en cada fábrica y después constituir una federación que los agrupara y que esas opiniones aparentemente correctas favorecían la fractura del movimiento obrero.

Yo,  en cambio sostenía que también en las organizaciones poderosas, que surgieron durante el peronismo que había mejorado la condición de vida de los trabajadores, los dirigentes se hicieron intocables y, en consecuencia, si al burócrata no le convenía una comisión interna, la intervenía y se acababa la discusión.

En verdad, en las plantas de Fiat Ferreira –donde SITRAC tenía la mayor concentración de trabajadores-  se padeció el mal que planteaba Flores. Pero no puede decirse que fue por culpa de la política de alianzas, aunque hemos cometido errores que nos llevaron a aislarnos. Hay que considerar el desvergonzado comportamiento de la empresa y su complicidad con la dictadura. Se violaron todas las leyes vigentes, se encarceló a numerosos trabajadores y se llegó a ocupar la planta de la peor manera, introduciendo carrieres y armas largas como si se tratase de una guerra, y lo que es peor, lo hicieron en defensa de una empresa multinacional que se burlaba de los intereses de los trabajadores. Ahora tenemos la obligación de legarles a las generaciones futuras la convicción de que es posible repetir la historia de sindicatos dirigidos por los obreros estudiando a fondo los métodos de lucha.

Carlos Masera

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