“Lo que estamos pasando no se lo deseamos a nadie”

Trabajadores de la cooperativa La Nueva Litoraleña

“Esto que estamos pasando no se lo deseamos a nadie”

Los vecinos de una de las empresas líderes de la industria alimentaria ya no ven camiones cargados con materias primas, ni con mercadería lista para ser distribuida, que ayer nomás eran parte del paisaje cotidiano. Esa actividad está hoy frenada por una decisión judicial, como cuentan, por momentos con la voz quebrada por la bronca y el desgaste, los compañeros que se encuentran al frente de la fábrica.

Desde hace un año, sesenta y seis trabajadores de La Litoraleña mantienen una toma por tiempo indeterminado en defensa de su fuente de trabajo y a la espera de que los tribunales de apelación fallen a favor de los trabajadores y reviertan la decisión de la jueza Valeria Pérez Casado de denegar el permiso para retomar la producción. Mientras tanto, se ven obligados a permanecer todos los días, las 24 horas, inclusive los fines de semana y feriados, en grupos rotativos, a fin de custodiar las maquinarias, las herramientas de trabajo y los insumos en las instalaciones situadas en la calle Girardot 345 del barrio porteño de Chacarita.

En octubre de 2015, luego de que la empresa decidiera despedir de manera injustificada a 32 compañeros de un total de 115 que desempeñaba tareas en la planta, los trabajadores, en promedio con unos 20 años de servicio, tomaron la decisión de constituirse en cooperativa, a la que se incorporó la mayoría de los despedidos. “Acá nos pusieron en esta situación porque el dueño metió un gerente que estaba muy bien preparado para vaciar la empresa”, cuenta Pablo Díaz, de 40 años y 9 de antigüedad. “Le convenía abrir una empresa nueva con trabajadores jóvenes y no pagar una fortuna en nosotros, que ya estamos grandes. Para eso, se presentó a concurso cuando la empresa ya estaba fundida, y fue estirando la situación para evitar los juicios”.

“En dos o tres años, nos tiraron abajo todo el trabajo de nuestra vida”, dice Aldo Raninqueo, de 49 años y 28 de servicio, encargado de la recepción de materias primas, y recuerda que es común que la realización de este tipo de maniobras para vaciar empresas. “Después nos enteramos de que ese gerente venía de Fargo, donde también había hecho un vaciamiento”, dice Aldo. Le cuesta creer que una empresa que ingresaba dos mil bolsas de harina por semana, que exportaba productos a España, Estados Unidos, Bolivia y Chile, que en la última década había llegado a trabajar día y noche sin parar, con tres turnos, y facturaba verdaderas fortunas, les haya pagado de esta manera a sus trabajadores. “Lo que más siento es que yo puse muchas veces la cara para que todo funcionara y nunca faltara nada acá. Contábamos bien las bolsas de harina, nos asegurábamos de que ingresara todo lo que se compraba. Yo le abría y le cerraba la fábrica, le mantenía todo en condiciones… Y mire cómo me dejó. Eso es lo que siempre tengo en la mente. Lo peor fue un día que fuimos al juzgado a ver a la jueza y lo encontramos al dueño, Rodolfo Conti. Pasó entre medio de nosotros y se reía el tipo. Increíble, te sentís impotente frente a semejante burla.”

A pesar de que la mayoría no tenía militancia sindical o partidaria previa, quienes hoy conforman la cooperativa La Nueva Litoraleña muestran en el día a día que son conscientes de la necesidad de sostener esta lucha y de que la única alternativa es lograr que todos pongan el mismo esfuerzo en defender su fuente de trabajo. “Esto es una lucha. No somos empresarios, somos trabajadores. Sabemos bien que no tenemos nada resuelto y que todo cuesta, pero ya demostramos que somos capaces de autogestionarnos. Si no hubiésemos sido capaces, esto ya no estaría. Como cooperativa, pudimos rearmar la rueda productiva con casi nada de dinero, tomamos la decisión de producir con la poca materia prima que había y conseguimos vender lo que producimos”, explica Luis Baini, de 45 años y 19 en la fábrica, que fue delegado sindical y actualmente se desempeña como presidente de la cooperativa.

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“Estamos buscando la manera de que se nos faciliten un poco más las cosas, porque las ganas de trabajar las tenemos, pero ya no alcanza para expandirse más. Damos gracias a que nos salió una línea de crédito del Ministerio de Trabajo en conjunto con Desarrollo Social de la Ciudad, y estamos esperando la resolución de otra línea para la compra de insumos. Tenemos en regla la matrícula, tenemos todo legal. Pero está frenado el permiso para producir acá y de esta manera ya no se puede sostener la situación. Si no es acá, va a tener que ser en otro lado. Ya estamos viendo la posibilidad de conseguir un lugar. Se lo pedimos también al Gobierno de la Ciudad, porque ellos tienen que resolver estos problemas. Nosotros tenemos toda la estructura, toda la experiencia. Si nos facilitaran un lugar, nada nos detendría”, refiere.

Destaca también que el impacto de la decisión judicial que les deniega el permiso para producir es “un golpe muy fuerte”, porque les impide pegar el salto que necesitan. “Desde que armamos la cooperativa, mejoramos todo lo referido a higiene, condiciones de seguridad y calidad de los productos. La empresa venía en decadencia porque empezaron a comprar materia prima berreta. Hacían macanas con los químicos, cambiaban las fórmulas para abaratar lo máximo y el producto salía mal. Se tiraba mucho, se perdía. Con la cooperativa todo esto se corrigió: no estamos en condiciones de tirar nada. No podemos tener pérdidas ni margen de error. Incluso, a las tapas de empanadas, de copetín, pascualinas y pastelitos, agregamos prepizzas que antes no se hacían. En mayo, pusimos en marcha un local de venta al público en avenida Garay al 3700, en el barrio de Boedo. Tenemos un potencial muy grande y hay muchos clientes que nos están esperando”.

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Quienes caminan por la vereda de la calle Girardot suelen detenerse para una breve charla o simplemente intercambian saludos con los compañeros que están en la entrada de la fábrica. Son tal vez los mismos vecinos que hace algunos años llamaban reiteradamente en las madrugadas a la comisaría 29 para quejarse por los ruidos molestos, cuando la planta producía a pleno las 24 horas y la carga y descarga de los camiones se interponía en el descanso nocturno. Hoy, solidariamente, acompañan a los trabajadores en la toma y les acercan yerba, azúcar, arroz, fideos, palabras de aliento. “Siempre estuvieron predispuestos. Eso ayuda. Por lo menos podemos trabajar y estar acá tranquilos”, comenta Aldo.

En cambio, no ayuda el cambio de contexto político, a partir de diciembre de 2015, con la devaluación, la ola de despidos, el tarifazo en los servicios, la pérdida de poder adquisitivo, que tienen tremendas consecuencias en la vida diaria de los trabajadores en conflicto. “Todo eso acarrea un problema social muy importante, y se siente mucho en los hogares, con la familia, con la pareja porque uno no lleva la misma plata que llevaba antes. Cuando trabajás en relación de dependencia, ya sabés que el patrón te tiene que pagar, tenés a quién exigirle… En nuestro caso, esto es el esfuerzo de cada día. Si no hacemos las cosas bien, se puede volver todo para atrás y, en lugar de llevar plata a nuestras casas, vamos a terminar perdiendo. Y está difícil la calle. Por ahí alguno puede tener suerte y agarrar otro trabajo donde va a ganar un poco más que acá, pero no es lo que está pasando. Hoy, en lugar de tomar gente, están echando en todos lados. Por eso tenemos que aguantar acá.”, comenta Luis.

Por su parte, Pablo cuenta que en su familia son evangélicos y que eso le ayuda a seguir en la lucha. Asegura que su esposa es más combativa que él y que siempre le dice: “Si estás acá, tenés que bancártela, vos te quedás en la toma”. En alguna oportunidad, sus hijos le preguntaron si le gustaba estar en esta situación y no le resultó fácil hacerles entender que, aun cuando no le guste, toma la decisión de seguir. “No estábamos preparados para esto. Lo fuimos haciendo en el camino. Cuesta, pero hay que darle para adelante porque hay compañeros de mucha edad que no van a conseguir trabajo fácilmente. Yo tiré un par de currículum para hacer changas porque tenemos algunas deudas. Pero cuando tenés 40 años todo te cuesta el doble. Imagínense que un boleto sale 6,50 y yo tomo cuatro por día para llegar acá desde Avellaneda. Dos horas para llegar y otras dos para volver. Gracias a dios, mi esposa consiguió trabajo. Ayer mismo me decía que, a pesar de que estamos medio caídos, no queda otra: tenemos que empezar de nuevo”.

Hoy por hoy, es muy poco lo que pueden repartirse los cooperativistas de La Nueva Litoraleña, pero por poco que sea todos se llevan lo mismo. Cuentan con un fondo de lucha, con lo que habían logrado acumular antes del freno judicial, algunas donaciones mínimas, el apoyo y la colaboración de otros emprendimientos cooperativos. “No es para salvarse, pero todo ayuda”, reconoce Luis. En tren de reconocer apoyos, Pablo señala que valoran a la militancia, fundamentalmente de la izquierda, que los acompañan siempre. Y en cuanto a la visibilidad que le otorgan los medios de comunicación al conflicto, recuerda especialmente a los compañeros de la cooperativa Por Más Tiempo, que editan Tiempo Argentino, a periodistas de Página 12 y de Crónica, de algunas radios y no mucho más.

Todos coinciden en lo mucho que cuesta permanecer con el ánimo en alto después de tantos meses de toma. La imposibilidad de producir normalmente y la necesidad de estar todos los días en la fábrica se vuelven una rutina desgastante y no todos consiguen mantener el mismo empuje. Aldo resume el sentimiento de todos y lo pone en palabras: “Esto que estamos pasando no se lo deseamos a nadie”.

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Juan Manuel Clivio y Elisa Giordano

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