La maldita garrafa

Por Equipo La Esquina

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En los barrios populares, donde la lluvia no es una invitación a la melancolía sino un castigo de la Naturaleza que se ensaña con los agujeros de los techos y convierte la tierra en barro, hay un elemento indispensable para cocinar, para bañarse, para calentar las habitaciones en un invierno interminable que parece haber secuestrado el calendario.

“El tema de las garrafas es un verdadero problema para nosotros”, dice Flavia Barreiro, 36 años, dos hijos, profesora de historia y directora del Centro Cultural Cruz del Sur, ubicado en el kilómetro 41,700  de la  ruta 3. Un colorido mural en la entrada de la casa, plantea un desafío: Sueña, crea y construye.  “En estos tiempos en los que escasean las changas, los vecinos tienen que hacer malabarismos para ahorrarse unos pesos. Por eso, la mayoría ata el envase al portaequipajes de la bicicleta y recorre varios kilómetros por la ruta  hasta la planta de Gas 10, el lugar más cercano donde se consigue al valor oficial de 100 pesos. Si alguno tiene vehículo es normal que se junte con otros y recorra seis kilómetros hasta el 47 donde se consigue mejor precio por cantidad. Cada tanto entra algún camión con la garrafa social que ahora cuesta seis veces más que hace un año”.

Flavia es la directora de este emprendimiento, parte de una organización social  que les proporciona almuerzo y merienda a un centenar de pibes los miércoles, jueves, viernes y, a veces, los sábados. Cruz del Sur atiende otro merendero en González Catán al que asisten otros cien y ahora se sumaron 110 del Manitos de Barro, que acaban de inauguraren Villa Dorrego. “Estamos pasando por un momento difícil porque ingresaron muchos chicos que antes no venían”, comenta, y promete aportar más detalles, una vez que se haya agotado la enumeración de los problemas que ocasiona la falta de una red de gas natural.

Aunque las carencias del barrio Vernazza, tal el nombre del lugar, son evidentes, algunos comerciantes codiciosos no se conmueven ante ellas. Los días de lluvia y los feriados, por ejemplo cobran entre 180 y 200 pesos por una garrafa que los días hábiles y soleados se cotiza entre los 130 y los 150. Para cumplir con la famosa ley de Murphy, el indispensable artefacto tiene una clara tendencia a agotarse cuando llueve o es de noche. Otro inconveniente se plantea cuando necesitan comprar un envase, que actualmente tiene un costo de mil pesos y el año pasado se conseguía por 200 o 300.

Hace 18 años que Claudia llegó al barrio, tiene siete hijos tres de los cuales son menores, su marido y uno de los mayores trabajan como personal de limpieza en el frigorífico Yaguané, que está cooperativizado. Dice que se siente una privilegiada porque enfrente de su casa, un almacenero “copado” le vende la garrafa a 130 pesos. A ella le dura unos quince días, pero para bañarse recurre al tradicional método de llenar de agua caliente un tacho de hojalata, lo que le permite administrarla mejor. Para calefaccionar las habitaciones prende un rato la estufa, la apaga, y si el frío recrudece la vuelve a prender. “A la noche le tengo mucho miedo”, confiesa. Es que para evitar los robos, que se incrementan a medida que empeora la situación social, muchos vecinos la guardan en la cocina de sus casas. “Nos pasó en otro espacio donde trabajamos, en el arroyo Las Víboras, en Catán, -interrumpe Flavia- cuando explotó una e incendió varias casillas. Por suerte no había gente y unos chicos que pasaban ayudaron a apagar el fuego”.

“Si vamos a comprar la garrafa en bicicleta, corremos el riesgo de que nos paren por el camino y se la afanen”.

Claudia resalta que le gusta vivir allí, donde siempre hay algo que hacer, y cuenta que en agosto, después de tres años, terminó el secundario con el plan Fines y proyecta seguir estudiando jardinería en el Centro de Desarrollo Social Luz y Fuerza. Práctica no le falta, ya que le dedica mucho tiempo a cuidar su jardín, que invita a conocer. Hasta hace poco, cultivaba verduras y hortalizas en el fondo, pero ha decidido utilizar la parcela para criar patos y gansos. La experiencia adquirida determinó que fuera designada responsable de la huerta de Cruz del Sur, que ya cuenta con su terreno y el asesoramiento del ingeniero agrónomo Carlos Sienosiain, un militante de la solidaridad que vive a unos siete kilómetros del lugar. “Soy una mujer que no se queda quieta”, se define Claudia, para quien el barrio es su lugar en el mundo.

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A pocos metros del centro cultural vive Dino, quien refiere algunas dificultades adicionales. “Si queremos conseguirla más barata, tenemos que ir en remis hasta la planta, porque en colectivo no nos dejan subirla por razones de seguridad y en bicicleta se corre el riesgo de que nos roben por el camino. Como el remis cuesta 80 pesos hasta allí, terminamos por comprarla en el barrio”.

Flavia, con un entusiasmo conmovedor, relata algunas circunstancias de la vida que eligió y enumera las múltiples actividades que se desarrollan en Cruz del Sur, además de sostener el comedor que recibe 50 raciones de comida de la secretaría de Desarrollo Social de La Matanza. Esa era la cantidad de comensales que asistía el año pasado, pero actualmente se ha duplicado. “Nosotros también somos humildes y sustentar este espacio nos cuesta mucho esfuerzo. En mi casa se come carne una vez por semana y cuando empezó a subir el precio de la garrafa compramos una pava y un horno eléctricos para cocinar. Yo soy docente recibida hace dos años, pero no se consiguen horas y, además, tengo dos hijos a los que quiero criar personalmente. Por eso me refugio en esto que es lo mío. Acá todos los profesores de los talleres son voluntarios. Para financiar los gastos hacemos ferias americanas. Seleccionamos la ropa que nos donan, la arreglamos y la vendemos a cinco, diez o veinte pesos, cincuenta si está nueva y con etiqueta. Con eso pagamos Internet, alarma, teléfono, luz, los elementos de limpieza y las dos o tres garrafas que usamos por mes”.

La fábrica de bebidas gaseosas Manaos, a través de una conexión clandestina hacia un zanjón que desemboca en un arroyo, contamina el barrio y provoca la proliferación de moscas y mosquitos que transmiten enfermedades.

El barrio Padre Jorge Vernazza, tal su denominación oficial en homenaje a quien fuera párroco en el lugar y hacia mediados de los 90 contribuyera con el aporte de terrenos a su conformación, cuenta con cerca de 600 familias y aproximadamente unos tres mil habitantes. Ubicado detrás del parque industrial de Virrey del Pino, solo entra un ramal de la línea 620, con una frecuencia muy espaciada, por lo cual los vecinos carecen de transporte público durante la noche. La alternativa es caminar hasta la ruta unas quince cuadras, para tener otras posibilidades. Remises hay, pero la situación económica no da para esos lujos.

Los problemas ambientales están a la orden del día, especialmente por una conexión clandestina que va hacia el zanjón que corre a lo largo de un paredón que desemboca en un arroyo, afluente del río Matanza. Los autores de este atentado contra la salud pública son los propietarios de la fábrica Manaos. Los residuos de la melaza de maíz que arroja el establecimiento son la causa del olor nauseabundo que invade la zona. El hedor genera nubes de mosquitos y moscas que provocan heridas cutáneas, propagan el dengue y otras enfermedades infecciosas. Los vecinos afirman que ya hubo denuncias y la empresa se vio obligada a tapar un canal clandestino. Pero al poco tiempo volvió a conectarlo.

Las inundaciones son otro problema acuciante porque en los alrededores del barrio los terrenos son bajos y se anegan fácilmente por la proximidad del río Matanza, cuyo curso corre a unos 700 metros de las últimas viviendas. “Cuando se produjo la gran inundación que afectó a La Plata, el río llegó a meterse adentro de las casas”, recuerda Flavia.

Sin embargo, tantas dificultades no amilanan a la gente de Cruz del Sur, que junto con los vecinos más activos han logrado notables mejoras en la calidad de vida. Hasta hace pocos años, no tenían agua de red y contaban solo con una bomba que la tomaba de las napas y una cisterna desde la que se abastecía a los habitantes del lugar. Pero el agua estaba contaminada y tenía gusto salobre, pese a lo cual los vecinos la usaban para cocinar, tomar mate, y hasta para preparar jugos. El acceso al agua potable terminó con esos padecimientos, aunque el abandono del terreno en que funcionaba el antiguo sistema, lo transformó rápidamente en un basurero. En la actualidad, el lugar está completamente limpio. Allí comenzó a desarrollarse la huerta comunitaria y se planea construir un invernadero.

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Flavia puntualiza otros obstáculos con los que debieron lidiar: “Teníamos algunos pibes contaminados con mercurio porque los padres trabajaban desarmando transformadores eléctricos. Jugaban con el mercurio porque era brillante y hacían bolitas, ellos decían que era magia. Uno de los pibes murió y varios quedaron con problemas cognitivos. No estaban escolarizados  y aprendieron a leer y a escribir con nosotros.”

En un mediodía primaveral –excepcional para este duro invierno- la conversación se desarrolla durante el recorrido de esta casa de las artes que consta de dos plantas. En la de abajo, el piberío almuerza en un ambiente naturalmente bullicioso. No obstante, cada uno de ellos tiene una tarea asignada, sirve la mesa, la levanta, barre o verifica que todo se distribuya equitativamente. Ellos están acostumbrados a ejercer su responsabilidad, los más grandes cuidan de los más chicos y habitualmente ven documentales y participan de debates sobre la Guerra de Malvinas, la dictadura militar o la crisis de 2001.

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Las paredes del espacio fueron construidas con ladrillos confeccionados por ellos mismos con botellas descartables de plástico, que luego se revistieron con cemento y se pintaron prolijamente. La profe de folklore donó las cerámicas del piso de la sala, y un grupo de scouts las del comedor. La losa fue fruto del aporte de una fundación ecuménica que financia pequeños proyectos y el techo de la sala de informática fue una contribución del artista plástico Milo Lockett. Además de los numerosos talleres culturales, de reciclado, de radio y hasta de hip hop, se abordan problemáticas como los noviazgos violentos –a cargo de Vilma, una psicóloga que le pone el hombro a cuanto trabajo social se le proponga- el medio ambiente, la sexualidad, las familias numerosas y las adicciones.

Es forzoso que la charla se introduzca en los avatares de la situación social: “Aquí hay muchas familias numerosas, estoy hablando de cinco, siete y hasta once pibes. El año pasado entre las changas, los planes de trabajo, la asignación universal, se las podían rebuscar, los pibes comían yogur, tenían buenas zapatillas. No se iban de vacaciones, pero contaban con una base. Por ejemplo, si ella o el marido se quedaban sin trabajo, iban a comprar medias al Once, las revendían y generaban un ingreso. ¿Si no como arrancás? Ahora con la brutal inflación, no alcanza ni siquiera para comer. Mi economía familiar es más que estrecha, pero con lo que saca mi marido y los 500 pesos del plan Más Vida, compro la comida para la última semana del mes, cuando ya parece que no llego. Pero no me falta para los remedios y para viajar en colectivo. Eso es una base, de allí a no tener nada…”, reflexiona Flavia, y añade: “La cuestión de las changas es un tema aparte. Algunos vecinos habían comprado bordeadoras y cortadoras de césped y se las rebuscaban. Ahora, los que antes los contrataban cortan el pasto ellos mismos. También sucede con los que preparan comidas, no hay demanda porque no hay plata”.

A las dos de la tarde en punto, llega Silvio, el profe de taller de radio. La clase incluye prácticas de lectura, un video de beat box y el juego como parte del trabajo de soltar la voz. Les cuenta que somos de La Esquina y los chicos preguntan y se ocupan de asegurarse de que en la nota prometida se cubran todos los aspectos de la vida de su comunidad.

Vilma trajo tres tortas caseras para festejar su cumpleaños y los chicos, alborozados, le cantan el feliz cumpleaños. Antes de soplar colectivamente las velitas, llega el momento de los tres deseos. Ella no vacila al formularlos: “Paz, cultura y libertad para todos”.

Fotos: Julio Montagna

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